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INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL, de Steven Spielberg

VEINTE AÑOS DESPUÉS | por Santiago García

Indiana Jones es el héroe de aventuras contemporáneo con más fama; su regreso es un evento especial que permite evaluar el estado del cine desde los últimos veinte años. Lejos de ser una excusa comercial, Steven Spielberg consigue realizar aquí la más compleja y profunda de las cuatro películas de la serie. Para quienes no quieran saber nada del argumento, los invitamos a leer la nota luego de haber visto la película.



El 24 de junio de 1947 Kenneth Arnold cambió la historia de la cultura contemporánea. Ese día Arnold vio nueve objetos extraños sobrevolando el cielo, que luego fueron descriptos como platillos voladores. Su declaración se expandió como reguero de pólvora a lo largo y a lo ancho del planeta. Ese fue el comienzo oficial del fenómeno OVNI tal como lo conocemos en la actualidad. Y si bien el cine dio cuenta de esta experiencia inmediatamente, la explosión de la ciencia ficción como género cinematográfico respondió a algo más que a este avistamiento. En primer lugar, muchos que no creyeron en la existencia de seres extraterrestres, sí creyeron en la existencia de las naves, pero les adjudicaron un origen más terrenal, el de la URSS. Así fue como la doble paranoia originada oficialmente ese 24 de junio dio paso a una de las metáforas más efectivas de la historia del cine: la invasión roja (ya sea por las naves "marcianas" o por las provenientes del país comunista). El propio cine de ciencia ficción, sin embargo, fue más complejo que esto, ya que en muchos films la paranoia fue justamente más criticada que su origen. Pero la génesis de este caldo de cultivo para la imaginación y el miedo comenzó un poco antes, cuando en agosto de 1945 Estados Unidos arrojó dos bombas atómicas sobre Japón, hecho que marcó el fin de la Segunda Guerra Mundial al tiempo que se abrieron las puertas de otra guerra, conocida como La Guerra fría. La década del 50 no sólo estuvo marcada por estos hechos, la cultura norteamericana mostraba una juventud rebelde, una nueva música llamada rock and roll, y al mismo tiempo que las películas de ciencia ficción atemorizaban al mundo con la posibilidad de una hecatombe, otros films, como El salvaje, con Marlon Brando, o Rebelde sin causa, con James Dean, mostraban un giro de valores en respuesta a la decepción de los nuevos tiempos. El mundo había cambiado para siempre.

A Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Cristal Skull, 2008) le toma muy poco minutos aunar todo esto. Así explicado puede sonar muy teórico, sin embargo, en las manos de Steven Spielberg, es puro cine. Todo lo dicho aparece en las primeras escenas del film, pues aunque alguien pueda sentirse confundido por el espíritu juguetón no realista que posee la película y su aun intacto estilo de serial de los 30, estamos frente a un film complejo y profundo, que supera por mucho en su utilización del lenguaje cinematográfico a todos sus contemporáneos. Por un lado, el ingenioso gag de descubrir a Indiana Jones introduciéndose en La Guerra fría de la forma más desopilante: sobreviviendo a la explosión nuclear dentro de una heladera. Hay más metáforas en ese chiste de las que aquí podemos analizar. A eso le sigue la amargura de un amanecer con el héroe de espaldas y mirando de frente al hongo atómico. Han pasado casi veinte años desde sus últimas aventuras, y el mundo ya no es el mismo. No hay nada heroico en una bomba atómica y el cine de aventuras -incluso por definición- pertenece al pasado.

La saga de Indiana Jones comenzó en 1981 con Los cazadores del arca perdida (Raiders of the Lost Ark) y fue seguida por una precuela, Indiana Jones y el templo de la perdición (Indiana Jones and the Temple of Doom, 1984) e Indiana Jones y la última cruzada (Indiana Jones and the Last Crusade, 1989). Los tres films son citados aquí, con chistes, conexiones y emotivos homenajes. Se trata de una saga que busca reavivar el espíritu folletinesco del cine más popular, una combinación del imaginario del cine de aventuras y del género fantástico (el teórico del cine de aventuras Brian Taves nunca aceptó a los films de Indiana Jones como aventuras puras debido justamente a esto último), que le debía mucho a los seriales mudos, incluyendo a Las arañas (1919), dirigida por el maestro Fritz Lang, un amante del folletín del siglo XIX. Estos films -todos dirigidos por Steven Spielberg y producidos por George Lucas y con Harrison Ford en el rol de Indiana Jones- tenían una estética y una forma narrativa demodé, que, irónicamente, era más bella y veloz que el cine de aquel momento. Ese estilo clásico y ese heroísmo fuera de época se mantiene aquí intactos, aunque cuando surgen las diferencias mencionadas. Indiana Jones capta el amor por el misterio y la aventura que habita en los seres humanos. Momias, reliquias, mapas de tesoros, viajes a tierras desconocidas, tribus olvidadas, trampas mortales, pistas, acertijos, todos los medios de transporte conocidos, todas las aventuras posibles. En la saga original es el afán por conocer, por descubrir, lo que hace avanzar la trama, pero siempre se imponen valores más allá de los objetos o tesoros de turno. Uno de los giros más terribles de esta cuarta entrega es que el afán por conocimiento no se refiere al saber como experiencia iluminadora, sino como metáfora del control del enemigo. Nuevamente, la década del 50 y, por supuesto, el mundo contemporáneo y la paranoia actual, no sólo la de La Guerra Fría. Ese afán de saberlo todo termina en no poder saber nada. "Salgan de la biblioteca", dice el Doctor Henry Jones Jr. (verdadero nombre de Indiana) y parece decir también que abandonemos internet y vayamos a ver el mundo en persona. Este discurso siempre estuvo en Spielberg, desde Tiburón y Encuentros cercanos hasta Jurassic Park y este film.

En la mitología artúrica la búsqueda del Santo Grial es la búsqueda final. Indiana Jones y la última cruzada parecía, entonces, indicar que la saga terminaba allí. Pero el cine actual no ha logrado construir héroes como Indiana Jones, y este regreso se volvió, más que un festejo, una necesidad. ¿Cómo seguir después de esa última búsqueda? La respuesta está aquí, claro. La obsesión de Spielberg por el tema de la paternidad había pasado del rol de hijo en sus primeros films, al rol de padre en los últimos. En 1989 Spielberg ya era uno de los grandes directores de la historia del cine mundial, y con los años ha logrado superarse a sí mismo, a través de una gran evolución de su estética y de su dominio del lenguaje, así como también de sus temas y su mirada del mundo. Spielberg ya no se siente hijo, sino padre, y no es de extrañar entonces que este regreso a Indiana tuviera algún acercamiento a esta temática. Y lo tiene, claro, así como un regreso de la más querida y memorable de las heroínas de la saga: Marion Ravenwood (Karen Allen). Esta mujer hawksiana (tanto de las comedias como de los dramas de Hawks) era la única que podía formar una pareja con Indiana Jones y su presencia aquí es una excelente elección para darle a Indiana un regreso como se merece. La subtrama familiar, que sostenía y daba consistencia a La última cruzada, aquí vuelve a tomar protagonismo. Otra escena cargada de significados y de un humor brillante es la que se desarrolla en las arenas movedizas, en donde el espíritu aventurero, la screwball comedy, la intertextualidad y la madurez del personaje quedan resumidos en pocos minutos y en un solo espacio. Todo el humor del film funciona con el trío protagónico, pues Indiana, Marion y Mutt (Shia LaBeouf) conforman una familia dentro del contexto más absurdo para desarrollar vínculos de esa clase.

Otro elemento a destacar, por estar a contracorriente del cine actual, es la perfección narrativa que el film posee. Cada toma, cada escena, cada encuadre están realizados con un afán narrativo clásico tan puro, efectivo y exacto, que le quitan a uno la paciencia cuando debe enfrentarse a la mediocridad narrativa de la mayoría de los films industriales actuales. No hay una sola duda en el trabajo de dirección, ni confusión, ni desvíos. Hoy, cuando contar una buena historia no alcanza para obtener premios ni éxito, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal se vuelve más anacrónica que nunca. Lo mismo pasa con la delicadeza sublime de la fotografía que realiza Janusz Kaminski, quien busca no alterar el estilo de los tres films anteriores, fotografiados por Douglas Slocombe, pero le impone un sello propio que va mucho más allá del mero profesionalismo. Finalmente, hay que decir que no es necesario conocer ni interpretar las mil citas que la película posee, basta para disfrutarla con entregarse al placer de seguir los hilos de una historia bien contada, y recordar que lo que en verdad habita en cada buen film de aventuras es una metáfora de lo que todos vivimos a diario, aunque a primera vista no lo parezca. ¿Cuántas veces nos hundimos en la ferocidad de unas arenas movedizas? ¿Cuántas veces nos sentimos al borde de un precipicio o creemos estar en una cueva sin salida y finalmente la encontramos y salimos para volver a enfrentar nuevos desafíos? Indiana Jones no habla de lo difícil que es ser un héroe incondicional en la década del 50, habla de lo complicado que es hacer el bien y ser noble en cualquier época. En uno de los momentos más emotivos del film un amigo le dice a Indiana "entramos en la etapa en que la vida deja de dar y comienza a quitar". En esa etapa Indiana Jones nos devuelve la esperanza de construir un mundo con valores, en el que el héroe solitario no deba estar más solo. Steven Spielberg, George Lucas y Harrison Ford atraviesan esa etapa en sus vidas, de ahí que esta nueva entrega de Indiana Jones sea la más madura y compleja de las cuatro. Lo que no le impide convertirse en un divertido entretenimiento, posiblemente el último refugio para el olvidado arte de contar historias extraordinarias.





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