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GILDA , de Lorena Muñoz

DULCE Y MELANCÓLICA | por Santiago García

Biografía cinematográfica de la cantante Gilda. Una película fuera de serie que aprovecha a un personaje famoso para contar una historia que lo trasciende a la vez que lo homenajea.



Gilda, no me arrepiento de este amor, es un biopic sobre la figura de la cantante Gilda, cantante y compositora de cumbia y música tropical fallecida a los treinta y cuatro años en un choque en la ruta. Era la cumbre de su carrera, y luego de muerta siguió creciendo su popularidad y su prestigio, siendo claramente la artista que con mayor proyección fuera del género y el universo musical al que pertenecía. La película puede verse sin conocer absolutamente nada de ella, o tan solo un poco, el primer mérito de Gilda es justamente ese, es una gran película más allá del fenómeno.

Las películas biográficas tienen reglas, como cualquier otro género cinematográfico, y Gilda las respeta con inusual clasicismo. No hay suspenso en la película, el relato empieza con su muerte y todas las demás cosas que cuenta también son previsibles. Pero eso no le resta mérito, al contrario, enfatiza nuestra emoción, desde los primeros minutos Gilda se disfruta al borde de las lágrimas, porque cada escena contiene una enorme emoción. El guión y la dirección de Lorena Muñoz captan de manera brillante el espíritu del personaje y Natalia Oreiro hace gala de un carisma arrollador desde la primera vez que aparece en cámara.

Miriam (el nombre verdadero de Gilda) es una maestra jardinera que sueña con volver a la música, un amor que abandonó años atrás, y que compartía con su padre. Su marido, castrador, no ve con buenos ojos esa posibilidad. Sus hijos y su madre terminan de conformar el cuadro de una vida normal en la que no se vislumbra un futuro de exitosa cantante popular. Quien haya escuchado a Gilda observa que todo el relato está teñido por el tono melancólico y dulce de la propia cantante y compositora, quien no lo haya hecho va a entender lo mismo. De forma brillante, la película nos presenta a Gilda cantando Paisaje, de Franco Simone pero no en ritmo de cumbia. Puerta de entrada ideal para quienes no pertenecen al mundo de la música tropical. Pero Gilda tampoco –y eso se ve en la película- era una figura tradicional de esa música. Ella era diferente a todos, tanto al ambiente en general como a las mujeres de la cumbia en particular. Todo esto suma los ingredientes ideales para el drama. La protagonista tiene una vida gris y sueña con triunfar, se mete en un ambiente que inicialmente la rechaza, a la vez que sufre la oposición de su propia familia. Una historia que no tengo idea hasta qué punto ha tomado licencias poéticas, pero desde ya se agradecen porque lo que cuenta es perfecto. Una historia conmovedora, a pura emoción desde el comienzo hasta el final.

No me gusta nada la música tropical ni la cumbia. Pero siempre me gustó Gilda. Porque vi en ella una melancolía y una sensibilidad diferente a todo. Algo único que la película también capta. Y quien nunca la haya escuchado lo va a percibir. Gilda es un personaje cinematográfico fuera de serie, su historia es perfecta. Y Muñoz hace un trabajo de dirección notable. En un género donde los directores suelen trabajar a reglamento y se apoyan solo en su personaje y su fama, Lorena Muñoz decide hacer una película, con una puesta en escena, llena de ideas visuales, donde la emoción no es solo por las canciones y la historia, sino por el cómo está filmada la película. La precisión del montaje es clave para que la sobriedad y la emoción vayan unidas. Las inevitables lágrimas que surgen en muchas escenas de la película son producto del trabajo de la directora y el montajista, cuyo buen gusto ayuda a que la emoción sea genuina y no producto de golpes bajos. El guión es también de la directora y Tamara Viñez y está lleno de ideas para distribuir todos los temas que quiere contar sin aburrir al espectador no interesado en saber cosas de más pero que a la vez necesita lograr empatía con el personaje principal y su historia. El elenco es fuera de serie, los actores están todos bien, pero quisiera destacar a Javier Drolas interpretando a Toti Giménez, el músico que descubrió a Gilda y se convirtió en su socio artístico. Su trabajo es notable, tanto como su personaje. Y por supuesto con un biopic como este, todo el peso final recae sobre la actriz. Natalia Oreiro, cantante y actriz de enorme popularidad que se fusiona con Gilda de una forma que para muchos será difícil separarlas. El carisma que tiene se siente desde el comienzo, sus primeros minutos en pantalla ya logran convertirla en todo lo que la película quiere contar. Dulce, melancólica, llena de ganas, llamada a ser grande, pero empezando tan lejos del sueño que parece imposible. Los ojos de Oreiro, sobre los cuales Muñoz pone un gran énfasis, transmiten toda la pasión y los sueños del personaje. Después, cuando canta, cuando baila, tiene la presencia natural de una estrella, aunque busca parecer a otra estrella, claro. Oreiro y Gilda y para quienes no hayan conocido a la cantante desde antes, es probable que ahora Gilda sea Natalia Oreiro.

Entretenida y emocionante, Gilda no me arrepiento de este amor es como esas grandes biografías que Hollywood enseñó a hacer pero que ya no hace. Tiene un ritmo increíble, logra ser oscura y luminosa a la vez, está llena de momentos tristes, pero consigue movilizar a cualquier espectador. Anuncia en nacimiento de un mito, pero no lo muestra como tal. Le alcanza con describir los sueños de una persona, la fuerza de esos sueños y el deseo de no bajar nunca los brazos. Difícil permanecer indiferente frente a un personaje como ese y a una película tan bien realizada.





 

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