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THE POST, de Steven Spielberg

EL BALANCE DE LA LIBERTAD | por Santiago García

Steven Spielberg cuenta la historia de los Papeles del Pentágono y la lucha de la prensa por darlos a conocer. La habitual maestría del realizador la convierte en una de las mejores películas del año.



Este es el mejor libro de texto del mundo: un periódico honesto.

Ransom Stoddard (James Stewart) en The Man Who Shot Liberty Balance (John Ford, 1962)


Los primeros cinco minutos de The Post transcurren en Vietnam, allí aparece Daniel Ellsberg, quien está allí como observador. Vemos que le alcanzan el rifle y la cámara automáticamente muestra a su lado la máquina de escribir, su verdadera herramienta y arma de combate. Lo miran raro por su pelo largo y cuando sale con el grupo a la selva alguien que regresa de una incursión le presta un casco. En el vuelo de regreso a Estados Unidos el secretario de defensa Robert McNamara le pide que opine en medio de una discusión y ambos coinciden en que las cosas en Vietnam no están bien. Pero al bajar del avión McNamara baja y al hablar con la prensa dice todo lo contrario. Ellsberg pasa por detrás de las cámaras, en silencio, llevando en las sombras la verdad de lo que ocurre. Visualmente se ha resuelto el conflicto de la película y así será todo en The Post, donde la imagen dice más que las palabras. Así debería ser siempre en el cine, así lo sigue siendo con Steven Spielberg.

Pero Ellsberg no es el protagonista de la historia, solo el que la pone en marcha. Los protagonistas son el editor en jefe del Washington Post, Ben Bradlee (Tom Hanks) y la dueña y editora del diario Katharine Graham. El primero es un periodista de ley, que se juega todo por su oficio, que ama su trabajo y cuanto más se complican las cosas más se divierte con el desafío. La segunda es la primera mujer en ocupar el cargo. El padre de Graham había sido el dueño y al morir este el cargo había quedado en manos del marido de ella, quien se suicidó. En plena crisis, a punto de entrar a cotizar en bolsa y con una enorme desconfianza de inversionistas y accionistas, ella deberá enfrentar el enorme dilema de desafiar al gobierno publicando los escandalosos Papeles del pentágono que ventiló Ellsberg.

Por un lado hay una enorme historia de suspenso, un thriller periodístico al estilo del cine de los setenta. Con Tom Hanks actuando como si fuera William Holden (me cuesta pensar que no busca imitarlo) en las últimas películas de su carrera y con el oficio narrativo llego de recursos visuales propios de Spielberg. Las elipsis narrativas –limonada incluida- de la lecturas de los papeles del Pentágono, es un verdadero show de montaje. Por el otro, el proceso de Graham de bajar todas las banderas, asumir un rol decorativo y dejar que los intereses económicos y sociales se impongan por encima de la verdad y el periodismo. Nadie parece creer en ella, salvo Bradlee, que no ve diferencia alguna, solo ve el rol importante y decisivo que ella cumple. En ese sentido, la película deposita su peso dramático sobre ella y todo el camino que deberá recorrer. La dedicatoria de la película a Nora Ephron es un cierre perfecto de esta reivindicación, más allá de la emoción que va más allá de la película.

La historia es conocida aunque tal vez no tanto como el siguiente escándalo destapado por el Washington Post con Watergate. De hecho un buen doble programa es ver Todos los hombres del presidente (1976) película de la cual The Post es literalmente una precuela. Aunque la película de Alan J. Pakula es mucho menos interesante desde lo visual, la película todavía mantiene su fuerza. Sin embargo el film de Steven Spielberg incluye otros temas, no solo su maestría narrativa. También es cierto que mientras que Pakula cuenta un caso reciente, Spielberg viaja al pasado, a una época muy diferente, con ideas también diferentes. Y Spielberg descubre y se fascina también con la precariedad tecnológica en la que se dan todos los hechos. Los teléfonos con monedas, la forma en la que se imprimen los diarios, las décadas previas a internet. Los empleados del diario corriendo por las calles, las fotocopiadoras primitivas, todo hace que se vea más épico y artesanal cada uno de los eventos narrados. No es raro ver al propio Spielberg sintiendo que él también pertenece a esa otra época del cine, del mundo. Sin una mirada de reclamo, claro, nadie mejor que Spielberg conoce los beneficios de la era digital. Pero como su maestro John Ford, solo observa con melancolía, sin nostalgia, como el mundo cambia. No es ni bueno ni malo, es inevitable.

El diálogo final entre Bradlee y Graham mientras se imprime el diario es muy emocionante. Ambos han ganado su jornada. Ella abrió las puertas de un cambio enorme para la mujer al mismo tiempo que salvaba la libertad de expresión en su país. Él es el clásico personaje de Spielberg, como el de Puente de espías, aquel que está en paz cuando sabe que ha hecho su trabajo. En el plano general en el que ambos se alejan, las filas de diarios parecen ese objeto a punto de perderse llamado película. Como si estuvieran dentro de un gigantesco proyector, vemos pasar las largas líneas que transportan las noticias, ese “primer borrador de la historia”.

Empecé la crítica con una cita de la obra maestra de John Ford The Man Who Shot Liberty Valance (1962). Las similitudes entre John Ford y Steven Spielberg son muchas y han sido demostradas a lo largo de la carrera de este último. Rescato una escena en particular de The Post. En la mitad de la película Ben Bradlee llega la casa de Katharine Graham mientras ella está festejando su cumpleaños. Entre los invitados está Robert McNamara. Bradlee y Graham conversan en privado mientras en los jardines sigue el festejo. Bradlee le cuenta allí sobre la muerte de JFK y la conciencia de que los periodistas y los políticos no pueden ser amigos. Cuando Bradlee se va, Spielberg define en un plano, sin diálogos, todo el conflicto de Graham. Al fondo, en la oscuridad, vemos como se aleja Bradlee, en primer plano, fuera de foco, vemos a McNamara en la fiesta de cumpleaños de Graham sonriendo. Entre ambos Graham, que debe decidir de qué lado está. Esa economía de recursos de Ford, cuando, por ejemplo, al final de Liberty Valance. El protagonista, Ransom Stoddard, se va junto con su esposa Hallie del cuarto donde está el cadáver en un cajón de su amigo Tom Doniphon. Antes de cerrar la puerta se detiene y quedan en el mismo cuadro el cajón en primer plano, Hallie al fondo y en el medio Ransom, que entiende en ese instante muchas cosas. Al mismo tiempo, Ford describe todo el conflicto del film en una imagen, lo mismo que repite aquí Spielberg en The Post. Se trata ni más ni menos que del olvidado oficio del cine. Al igual que el periodismo, tal vez ha cambiado y Spielberg lo sabe. Ya no tiene mucho valor la puesta en escena y las series y películas se definen mayormente por diálogos y recursos de guión. Por suerte aunque quedan cineastas capaces de hablar el lenguaje del cine. Entre todos ellos, Steven Spielberg sigue siendo el mejor de todos.





 

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