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READY PLAYER ONE, de Steven Spielberg

JUGAR PARA VIVIR | por Santiago García

La nueva película de Steven Spielberg es más una reflexión sobre su rol como artista que un homenaje a la cultura popular. El espectáculo visual que ofrece es uno de los más impactantes y entretenidos de los últimos tiempos.



Casi todas las películas de ciencia ficción que transcurren en el futuro, son en realidad nuestro presente disfrazado y exagerado. Ready Player One no es la excepción a la regla. La historia transcurre en el año 2045 y el protagonista es Wade Watts, un adolescente que vive en un barrio pobre, feo, como un enorme panal formado por casas de metal apiladas, una especie de gran desarmadero de autos. Es un espacio feo, pobre, primitivo en muchos aspectos, pero hay algo que se destaca: todos sus habitantes tienen acceso a dispositivos que le permiten vivir en una realidad virtual. El mundo es feo, la virtualidad no. El mundo virtual gira en torno a un universo gigantesco llamado el Oasis. Allí, tanto el protagonista, y un número incontable de personas pasan sus horas, con una personalidad diferente a su vida real, jugando, peleando, compitiendo, teniendo sexo, interactuando en una vida social virtual. El genio creador de este infinito universo con diferentes escenarios es James Halliday. A su muerte, Hallyday deja toda su fortuna y su empresa a quien en ese mundo inabarcable consigue encontrar las tres pistas que lo conduzcan a un Easter Egg, que, como su nombre lo indica, está escondido en algún lugar al que solo se podrá tener acceso obteniendo las tres pistas.

Una propuesta de estas características, tan antigua como la más antigua de las aventuras, se ha visto y ha funcionado muchas veces en la historia del cine. Las tres pistas, que dividen sin problema a la película en tres actos, como lo indica la estructura tradicional que Steven Spielberg respeta a rajatabla. Y acá empieza una combinación rara entre el clasicismo absoluto del director y la apertura hacia las nuevas formas narrativas del cine comercial actual. Si pensamos en los films más taquilleros de Steven Spielberg y los comparamos con el cine taquillero actual, queda claro hasta qué punto el lenguaje del cine ha evolucionado o por lo menos ha cambiado. No es ni bueno ni malo, simplemente ha cambiado.

El cine tiene más de ciento veinte años pero está claro que en la primera mitad de su historia, tuvo más cambios que en la segunda. Mientras que las décadas iniciales consistieron en entender el potencial del lenguaje narrativo audiovisual, con los años la narración clásica se impuso, se depuró en su período industrial y fue la forma elegida por el público de todo el planeta. Las excepciones no hicieron otra cosa más que confirmar la regla. El primer golpe fuerte para el cine fue la aparición de la televisión, que lo llevó hacia dos extremos opuestos: copiarse del nuevo formato o buscar diferenciarse todo lo posible de él. Como sea, el cine ya no volvió a ser el mismo. Luego otros lenguajes comenzaron a competir con la estética cinematográfica. El lenguaje del cine publicitario en los sesentas con su estética acelerada y efectista; el registro documental que dejó su marginalidad y empezó a incorporarse a las películas, llevando hasta el cine más comercial las ideas de realismo; el videoclip, que se fue imponiendo poco a poco en las películas, resolviendo las viejas escenas de montaje con un tema musical; y también los videojuegos, que desde sus comienzos fueron material importante para las películas. Ninguna de estas capas ha desaparecido del lenguaje del cine, pero el videojuego es, a diferencia de las otras mencionadas, la que más divide aguas entre los que conocen el lenguaje y los que no tienen la más remota idea de lo que se trata. Queda pendiente analizar hasta qué punto el mundo actual de las redes sociales y el avance tímido pero no finalizado de la realidad virtual marcará a las futuras películas.

Ready Player One es, desde el título, un film conectado con los videojuegos en particular y con la cultura pop (de popular) en general. Los videojuegos, los comics, la animación, el cine de terror, la ciencia ficción, la música pop y todos aquellos que han quedado siempre han sido menospreciados, marginados de la alta cultura mientras se iban transformando en la fuerza cultural más poderosa de varias generaciones. Es fácil ver a esta película como un carnaval autoindulgente y un homenaje demagógico a todos esos consumidores de cultura popular. Entre esos consumidores están, claro, los seguidores del cine de Spielberg previos a sus películas prestigiosas. Por suerte Spielberg evita que la película sea eso y ese homenaje es, en todo caso, la superficie de la película. La parte más irrelevante y, por lo tanto, no alejará a los espectadores que no hayan estado con dicha cultura en las últimas décadas. Un dato curioso: lo más universal y movilizador que tiene la película en lo que a cultura popular se refiere son las canciones. Es el momento para decir que la porción principal de la cultura que la película toma es la década de 1980. Los ochentas, como por ahora le seguimos diciendo sus contemporáneos.

Mencionamos las revoluciones y avances en el cine, sin duda en la década de los noventa ocurrió el último gran avance formal del cine, tan grande como el sonido y el color: el cine digital. La aparición de los efectos digitales, que primero animaron terminators y dinosaurios, hoy permite construir todo tipo de universos, desde los más inverosímiles a los detalles más realistas de una calle o un paisaje. Ready Player One lleva a su máxima expresión este aprovechamiento y es una verdadera invitación a que se aproveche estos mundos virtuales que conocemos de los videojuegos pero que hoy forman parte de casi todo el cine taquillero. Una enorme cantidad de películas, más de las que nosotros creemos, están filmadas cada vez en mayor proporción con escenarios y personajes virtuales. Las posibilidades del cine son infinitas, mayores incluso que la imaginación de los espectadores. El videojuego entendió hace rato esa posibilidad y combina de forma asombrosa todas las posibilidades que permite la virtualidad. Una película no puede competir contra un videojuego, que genera una forma de entretenimiento mucho más inmersivo. El 3D y las pantallas IMAX han buscado impactar con todo lo que tienen al espectador, pero jugar un juego es algo distinto. Ready Player One es la representación de ese mundo gamer que avanza y que domina el mercado del entretenimiento a la vez que desafía a los géneros cinematográficos y su verosímil.

Pero Steven Spielberg no es un realizador virtual ni está a la vanguardia del entretenimiento actual. Spielberg hoy es lo que en su momento fueron Howard Hawks, John Ford y Alfred Hitchcock –por citar tres clásicos indiscutibles- en la década del sesenta. Los mejores directores, los superiores al resto, luchando por su lugar en un mundo que ya había cambiado. Por supuesto era Ford quien más se daba cuenta de que su época había quedado atrás. Seguía siendo mucho mejor que los demás directores nuevos que lo rodeaban, pero no estaba en el centro. Spielberg vive la misma situación. Ready Player One no va a ser el récord de taquilla que fueron, por ejemplo, Los cazadores del arca perdida y Jurassic Park. Spielberg se ha volcado a otra clase de films, cercanos a este momento de su carrera, como Puente de espías o The Post. Pero eso no impide que el entretenimiento festivo y espectacular de su nueva película no contenga una mirada personal y una serie de reflexiones acerca de su propio legado como artista y su legado como tal. Si en la película el protagonista se llama Parzifal y busca un Santo Grial, también hay una generación buscando a sus referentes culturales y, entre ellos, aquel genio que creó Tiburón, Encuentros cercanos, E.T., Indiana Jones, Jurassic Park y produjo Volver al futuro, Gremlins y muchas otras películas y productos audiovisuales que hoy forman parte de nuestra cultura y nuestra vida cotidiana. Steven Spielberg está preocupado por su legado, en un mundo cambiante y acelerado. En la línea de sus personajes de millonarios y visionarios, Hallyday busca que el entretenimiento fuera de serie, incomparable, que Spielberg ha dejado, no sea un impedimento para conectarse con otras experiencias y una mirada más directa con el mundo. En eso Ready Player One no tiene la más mínima intención de juzgar al mundo virtual, al contrario, pero lo ve más como un reemplazo de la televisión, la historia, la literatura y el cine que un enemigo de las ideas o los sentimientos. Los amigos virtuales en la película son finalmente amigos reales, la conexión entre ellos no es falsa y cuando se conocen se concreta. Incluso la virtualidad es una manera sin prejuicios de conocer gente, más allá de su raza, su cultura, su belleza exterior. La película (Spielberg) se preocupa por su herencia y pensar en todos aquellos que solo vivirán a través de sus películas. Está claro que este debate está planteado en términos de aventura, con una perfección visual que asombra y deslumbra, más allá de cualquier oscuridad. Sin embargo el competidor que tienen los protagonistas del film es una forma adocenada, sin corazón, de hacer las cosas. Allí Spielberg expresa su mirada crítica de una industria que apuesta a una eficacia sin matices, pero sin imaginación, sin riesgo, sin aventura artística. Sí, hay un gran homenaje a la cultura popular, pero jugar a descubrir referencias no alcanza para hacer una buena película y Spielberg lo sabe. En el corazón de Ready Player One hay mucho más. Esa cultura es en parte nuestra cultura, ni peor ni mejor, y aunque al día de hoy no tiene el prestigio que se merece nos ha formado. Desde las más antiguas leyendas de aventura hasta el más nuevo de los videojuegos, todo eso forma parte de nuestra mirada del mundo y nuestra comprensión de lo que allí pasa. El sabio Spielberg, el mejor director de cine en actividad, aun se sigue preguntando por esas historias y el vínculo que él y nosotros tenemos con ellas.





 

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