Cine Argentino

La mujer de la fila

La mujer de la fila (Argentina/España, 2025) se rinde a las reglas del más puro cine norteamericano y consigue en muchos momentos funcionar como drama con pequeños toques policiales, judiciales e incluso románticos. El cine de fórmula de Hollywood aplicado al cine argentino. Benjamín Ávila, su director, tiene puesto un ojo en el cine de Netflix y obedece a las reglas de la taquilla obedeciendo a todo aquello que parece despreciar en otros aspectos. Es astuto y tiene oficio, no se necesita mucho más ni nada menos, para hacer un producto comercial aceptable. Como producto comercial aceptable, La mujer de la fila logra cumplir casi todo el tiempo, aunque a la vez venda su discurso falsamente progresista ensalzado durante los años del kirchnerismo. No hay reclamo ahí, a lo largo de la historia del cine los directores han buscado ser fieles a sí mismos y su ideología y al mismo tiempo obtener capitales de empresas que los financien.

La mujer de la fila está basada en una historia real. Andrea (Natalia Oreiro) es una mujer de clase media de la Ciudad de Buenos Aires cuya vida se ve sacudida por la detención inesperada de su hijo. Su mundo de certezas se deshace a la vez que descubre la realidad de las personas con algún familiar preso. Comprende la burocracia, la violencia y los prejuicios en torno a ese mundo y debe aprender paso a paso cómo desenvolverse allí a la vez que busca que su hijo, al que cree inocente, sea liberado. Las mujeres de la fila son esas mujeres que esperan para ingresar a ver a sus familiares, presos por haber cometido un delito. La idea de la película pierde toda fuerza por estar basada en una historia real, ya que lo interesante, como siempre en el cine, es acompañar a un personaje en un recorrido nuevo, verlo enfrentar toda clase de obstáculos y finalmente salir airoso. Una heroína clásica a la que lamentablemente solo se la puede seguir si existe en la realidad. Si en algún momento olvidamos eso, dos escenas nos lo recuerdan. Primero la reunión de las auténticas mujeres de las personas privadas de la libertad (por haber cometido delitos), dónde la película cambia de tono por completo. Ávila no quiere perder financiación ni público y el resto de la historia va con actores profesionales, incluso la estrella probada que es Natalia Oreiro. Y la otra escena es el final, cuando nos ponen carteles para saber cómo siguió la historia más allá de lo que muestra la película. Ahí se escucha la voz de Oreiro cantante y, sorpresivamente, eso le saca emoción y sobrecarga el momento. La tensión entre la ficción y la realidad choca en un mal sentido en ese cierre. Hay algo sin resolver en la cabeza del director, una apuesta a dos frentes que perjudica a una película que sin embargo tiene buenos momentos y donde Natalia Oreiro responde bien actoralmente. El balance no es positivo, al final la balanza se inclina hacía más defectos que virtudes.

Análisis aparte merecen las licencias poéticas del film, una de las cuales es tan infame que tienen que aclararla con un cartel. La mirada comprensiva y humanitaria no es materia de discusión, pero la insinuación de una mirada benévola y garantista de la justicia se percibe en muchos momentos. La ética humanista del realizador se deshace cuando luego va a visitar en el departamento donde está presa por delitos de corrupción la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner y ella recomienda en redes la película. Benjamín Ávila la visitó vistiendo una remera que dice La Emperatriz. ¿Será una humorada visitar a una delincuente para promocionar una película sobre visitas a presos? No, no lo es, es solo una capa más de la hipocresía del cine argentino.