Al finalizar los cuatro episodios de la miniserie Mis muertos tristes queda una primera certeza: este producto fallido es, además de todo, un largometraje inútilmente alargado. No es una suposición, realmente lo es. Se trata de una historia basada en varios cuentos de la escritora argentina Mariana Enríquez, dirigida por el director chileno Pablo Larraín, un director que ha sabido empeorar película tras película y que acá juega a ser autor con consecuencias entre indignantes e hilarantes. Mis muertos tristes es la suma de varias catástrofes que se potencian para dar un resultado pobre que no puede dejar conforme a nadie. Las historias de fantasmas han dado un número enorme de grandes relatos, en literatura, cine y televisión. Se necesita un talento muy especial para hacer de una historia de fantasmas un producto tan aburrido y sin gracia.
La historia está ambientada en el barrio de Piedrabuena y su protagonista es Emma (Mercedes Morán completamente apagada y dormida, tal vez intencionalmente) una médica que ha sido jubilada por la fuerza de su trabajo por las decisiones que ha tomado. Ella tiene un talento y una maldición: es capaz de ver y escuchar a los muertos. De ese más allá lo que a ella realmente le importa es el fantasma de su madre, quién atravesó una agonía de dolor tremenda antes de su muerte. La vida de Emma junto al fantasma de su madre en un barrio peligroso se vuelve más compleja con la llegada de su hija (Dolores Fonzi), una fotógrafa y cineasta con la que tiene una relación complicada. Y luego por la larga e inesperada visita de su hermana (Alejandra Fletchner), su cuñado (Carlos Portaluppi) y su sobrina (Carolina Alvarez, una actriz de redes sociales), que han venido desde Estados Unidos a quedarse un tiempo allí. Entre tensiones familiares, sociales y fantasmas se mueve la soporífera, pretenciosa y bastante tonta narración de Mis muertos tristes.
Está claro que la intención estética es la de hacer la imagen más fea y difícil de tolerar posible. Y no hablamos de la sordidez de la historias, sino del aspecto visual. Seguramente para mezclar mundos, los fantasmas están desdibujados y los vivos son mostrados con una imagen que parece tomada por una cámara con el lente sucio. Todo es chato y difuso, como las actuaciones. La forzada tristeza del título es un sketch cómico más que un hallazgo de tono. El guión consigue hacer bajadas de línea sin ton ni son y se despacha con un desprecio digno del más profundo resentimiento progresista al mostrar personajes que hablan de Estados Unidos. Un papelón que hace cuarenta años ya era una pavada. El broche de oro es la utilización horrible de las canciones, en particular Take Home, Country Roads de John Denver, prueba de que el muerto triste es el que tomó la decisión de usarla tan mal. Un bochorno propio de los que se desesperan por hacer un show tribunero para festivales. Pero tanto en los festivales, como en el cine más comercial, no es obligatorio ser tan mediocre, en ambos lugares se puede ser sofisticado e inteligente. Pablo Larraín no es aquí ninguna de las dos cosas, a juzgar por Mis muertos tristes. Hay algunos detalles que delatan algo interesante no aprovechado, pero no nos corresponde rescatar del desastre esas cosas. El año pasado se estrenó la película La virgen de la tosquera (Argentina, 2025) de Laura Casabé, y ahí se explica mejor, y con ganas, la relación entre el discurso de los márgenes y el género fantástico en la literatura de Mariana Enriquez.

