Cine Argentino

La muerte de un comediante

La muerte de un comediante (Argentina/Bélgica, 2025) es una película protagonizada, escrita y dirigida por Diego Peretti. Una melancólica comedia dramática filmada en Argentina y Bélgica que combina algunas ambiciones estéticas interesantes con un par de ideas políticas bastante pobres. Lo más interesante está en el comienzo, cuando nos presentan la admiración de un famoso actor de comedia, Juan Debré (Diego Peretti), por un histórico personaje de historieta belga y su creador, verdadera institución y orgullo de la ciudad de Bruselas. Cuando Juan descubre que tiene una enfermedad terminal, decide emprender un viaje a Bélgica para conocer más sobre su héroe.

Diego Peretti dirige junto a Javier Beltramino un relato inicialmente alejado de cualquier verosímil, que se mueve intencionalmente con elementos de la historieta. Lamentablemente dicha estética aparece y desaparece, teniendo que convencer al espectador en cada cambio de tono, pero sin conseguirlo. Sería algo paternalista agradecer por aquellos momentos en los cuáles la película se sale del universo habitual del cine argentino, pero tampoco hay que pasarlo por alto. Para que una película funcione es necesario que no sean solo momentos aislados, sino que toda la totalidad tenga la misma coherencia. Cuando el relato sin aires de realismo combina una evocación de la obra del autor belga Hergé con el existencialismo de Vivir (Ikiru, Japón, 1952) de Akira Kurosawa, se mueve por un terreno interesante. Pero cuando decide colocar al protagonista a luchar fascinado con los jóvenes militantes europeos, se convierte en una irresponsable caricatura del pensamiento de izquierda. Los bellos y amables jóvenes que se oponen a las leyes anti inmigración son en la película un chiste triste y fuera de toda realidad. No es el artificio de la historieta, es la mirada infantil de un realizador que le quiso poner un compromiso político a una película que no lo necesitaba.  

Toda esta mezcla sin buenos resultados es difícil de evitar cuando la persona que dirige, escribe y protagoniza es la misma. Apostar a una estética para abandonarla con la intención de bajar línea es lo que destruye todo el interés que las buenas intenciones estéticas de la película intentan desplegar. Peretti cumple, pero a la vez agrega una voz en off que se sumerge en una solemnidad que no deja espacio alguno para sutilezas. No hay manera de pensar en un saldo positivo con tantas cosas que no funcionan. A lo malo hay que sumarle la escena de la televisión al comienzo. ¿Alguna vez podrá el cine argentino mostrar la televisión de manera normal y no con una exageración de estereotipos burdos?

Mucho se ha dicho de la producción de la película, ópera prima de Diego Peretti, y su financiación. Se la conoció como la primera gran producción cinematográfica financiada colectivamente por la comunidad Orsai, liderada por el escritor Hernán Casciari. No era la primera película, pero sí la más importante y para la cual se convenció al mayor número de inversores, 10.139 participaciones, con la promesa de recuperar el dinero y ganar más. Se juntaron 1.800.000 dólares y la recuperación de lo invertido fue de entre 1 dólar y 84 dólares por persona. El escándalo acompaña actualmente a esta y otras producciones de Hernán Casciari por esta manera absurda y rara vez exitosa en el mundo, de hacer cine. Dicen que lo más complicado de una película es su estreno y distribución y La muerte de un comediante falló rotundamente en ese aspecto. Esto no habla de su calidad artística, por supuesto, ni a favor ni en contra. Para el futuro, lo mejor sería recaudar fondos para no hacer las películas, yo, con gusto, pagaría para no tener que verlas. Porque aun sabiendo que no recuperaría lo invertido, al menos me ahorraría dos horas de mi vida.