El estafador profesional Roy Courtnay (Ian McKellen) conoce a una viuda adinerada llamada Betty McLeish (Helen Mirren) por internet. Comienzan una relación cuyo final es difícil de predecir, ya que a medida que Betty le abre las puertas de su vida y su hogar, Roy comienza a sentir algo por esta mujer.
Dos gigantes del cine británico acompañados por un excelente elenco parecen un punto de partida difícil de arruinar, más cuando se trata de un guión de suspenso con giros en la trama y un delicado sentido del humor inglés. Para ser aún más británica la película está filmada en gran parte en Londres, con un gran uso de locaciones. Sin embargo, no necesitan tantas cosas para desaprovechar una buena oportunidad y eso es lo que termina ocurriendo acá.
Pero este duelo actoral y esta intriga de estafas se mantiene bien cuando es juguetona e inverosímil, pero se desbarranca cuando empieza a buscarle un sentido a todo lo que ocurre y viaja al pasado para mostrar el origen de las cosas. Tal vez en un libro pueda sorprender o interesar, pero en el cine el daño es irremontable. Para peor, se le nota la agenda ideológica coyuntural en cada escena, como si hubiera un manual universal de corrección política que todos los guionistas se pasan.

