La vieja estructura del policial negro donde alguien ha dejado atrás su pasado hasta que este golpea a su puerta fue mutando hacia películas de acción y venganza, un género que trabajo muy bien, por ejemplo, Charles Bronson. Pasaron muchos actores por allí y la idea se repite: una persona que ejerce un oficio común sin nada anormal, se cruza con un grupo de delincuentes que le hacen daño a un familiar, un amigo, un vecino o simplemente alteran la vida del protagonista. Ese hombre con un oficio común suele ser un militar, un agente o un policía retirado de cuyo pasado actualmente nadie sabe nada. La situación lo obliga a dejar su oficio actual y usar todos los conocimientos que adquirió en su carrera para proteger, rescatar o vengar a los suyos.
Acá la profesión es panadero. Un hombre mayor (Ron Perlman), al que todos llamarán el panadero durante la película, tiene su panadería y aun posee secuelas de sus años de militar que le producen pesadillas. Un día su hijo, con el cual tiene una mala relación, le pide que le cuide a su nieta, y aún no le gusta la idea, el panadero acepta. El asunto por el cual el hijo debe ausentarse es algo turbio y finalmente no regresa. El panadero, ahora con una niña a cargo, deberá averiguar lo ocurrido y proteger también a su nieta de las garras de la organización detrás de la desaparición de su hijo. Aunque el esquema sea repetido, la efectividad de la consigna ha probado ser efectiva en muchas ocasiones y a lo largo de las décadas.
Solo resta ver si funciona en este caso. Ron Perlman es un actor que se ha hecho famoso por esconder su rostro bajo grandes maquillajes. Desde la serie La bella y la bestia y el monje de El nombre de la Rosa hasta Hellboy, Perlman ha hecho sus roles más famosos sin que nadie pudiera ver su verdadero rostro. Pero de veterano ha decidido mostrarse, por lo que su singular rostro se ha vuelto rápidamente reconocible. Yendo a lo Mel Gibson en sus películas de venganza, el actor es creíble en su papel e incluso le sobra para más. La trama no se mueve ni un milímetro del cliché y por ese motivo jamás despega. Ver a Elias Koteas, a Joel David Moore y sobre todo a Harvey Keitel, completa la estructura de un largometraje de segunda que intenta cumplir con metas no muy ambiciosas. Lo consigue a medias, es decir que está por debajo de la medianía de lo que podríamos considerar una gran película.

