La guerra de los Roses (The War of the Roses, Estados Unidos, 1989) es una isla dentro de la historia del cine. A pesar de ser una comedia, resulta más angustiante y dolorosa que los más duros dramas matrimoniales y a pesar de ser amarga y negra, es a la vez una de las comedias más graciosas de la década del ochenta. Está basada en la novela de Warren Adler, adaptada por Michael J. Leeson, y dirigida por Danny DeVito. Los dos protagonistas, Kathleen Turner y Michael Douglas, ya habían protagonizado dos comedias de aventuras, Tras la esmeralda perdida (1984) y La joya del Nilo (1986) donde el propio Danny DeVito actuaba en un rol secundario. Los tres se reúnen para este proyecto donde sacan el máximo de provecho de sus talentos. Turner y Douglas interpretan a Barbara y Oliver Rose, el matrimonio protagónico y DeVito a Gavin D’Amato, un abogado amigo del matrimonio, narrador de la historia.
Los títulos de la película ya muestran el estilo recargado propio del director. Se parecen a los títulos de Los intocables (1987) de Brian De Palma, lo que anuncia la violencia y la tensión de la historia, pero aparecen sobre un fondo de bellas sábanas blancas. El director de fotografía, Stephen H. Burum, es el mismo en los dos largometrajes. François Truffaut decía sobre Alfred Hitchcock: “En Estados Unidos, lo respetamos porque filma escenas de amor como si fueran escenas de asesinato. En Francia, lo respetamos porque filma escenas de asesinato como escenas de amor”. Danny DeVito dijo sobre su película: “Esta no es una historia de amor, esto es Full Metal Jacket”. Esa violencia claustrofóbica va creciendo, volviéndose cada vez más angustiante y desagradable, poniendo al espectador en un lugar de incomodidad poco habitual. Una historia de amor entre dos desconocidos que se enamoran, forman una pareja, luego una familia y que lentamente comienzan a pudrirse frente a nuestros ojos. Un amor que se muere y se descompone, no sin antes arrastrar al infierno a sus dos protagonistas. Dicho así no parece una comedia, pero lo es. Ese es el talento único para el humor negro que tiene Danny DeVito y que lo había demostrado en su película anterior, Tira a mamá del tren (1987).
Cuando se piensa en análisis descarnados, minuciosos y profundos sobre el matrimonio se piensa en películas como Escenas de la vida conyugal (1974), Kramer vs Kramer (1979), El difícil arte de amar (1986), Vida en pareja (2004), Historia de un matrimonio (2019). La guerra de los Roses es muy superior y mucho más dura que esas películas. Es más profunda y compleja porque se abraza por completo a la comedia para lanzarse sin piedad contra las crisis de parejas y la capacidad de destrucción de ese amor que los unió en un inicio. Versión monstruosa de las screwball comedies de los treinta, mantiene la virulencia y la lucidez, pero no deja una luz de esperanza ni un escape. No se toman prisioneros en La guerra de los Roses. De hecho la novela basa su título en “La guerra de las Dos Rosas”, guerra civil que enfrentó a los miembros y partidarios de la Casa de Lancaster contra los de la Casa de York entre 1455 y 1487 en Inglaterra y Gales. Una vez más: Una guerra. Los espectadores buscarán en su cerebro un escape y encontrarán el alivio en el humor, porque de eso se trata, pero a medida que escala el enfrentamiento las esperanzas se van diluyendo. Pero al fin y al cabo se trata de un cuento moral, donde hay una enseñanza muy clara, o se resigna algo, o se pierde todo.
Danny DeVito disfruta con el uso desmedido de la cámara, con escenas grandilocuentes y exageradas. Crea un clima cinematográfico artificial, como aislado de la vida cotidiana en muchos aspectos. Desde su despacho donde le cuenta la historia a un cliente hasta el clímax de la película, todo se ve como un rodaje en estudios, bien al estilo clásico. Eso permite que también se vea como un macabro cuento para advertir sobre los peligros de un mal divorcio. No es raro, para nada, que Danny DeVito trabajara poco después con Tim Burton en Batman vuelve (1992) porque hay algo en común entre ambos realizadores y la forma de crear climas. Danny DeVito nos regalaría varios títulos más, siendo el más famoso Matilda (1996). Su mirada negra sobre el mundo le da a su cine una autenticidad poco frecuente, incluso en las comedias, donde encuentra su fuerte. Tuvo que luchar aquí como director para evitar que le cambiaran el final de la película y lo logró. Su talento y su convicción nos legó una de las grandes comedias de todos los tiempos. Y Kathleen Turner y Michael Douglas nos entregan lo mejor de su talento actoral. Se hunden en el barro por nosotros con este retrato despiadado sobre las maravillas de un amor que se muere y se transforma en una guerra total. El matrimonio no es un lecho de rosas, es una guerra, La guerra de los Roses.

