Vidriera

La novia!

Frankenstein, la novela escrita por Mary Shelley y publicada en su primera versión en 1818 es uno de los grandes hitos de la literatura de todos los tiempos. Junto con Drácula (1897) de Bram Stoker, son los dos libros de horror gótico más veces adaptados al cine y la televisión. Ambos comparten sus infinitas ramificaciones en la cultura popular, a punto tal que los han cruzado en muchas de las adaptaciones. Si la novela de Shelley es un clásico indiscutible, también hay que reconocer que los dos largometrajes dirigidos por James Whale para Universal, Frankenstein (1931) y La novia de Frankenstein (1935) lo son. Las películas tuvieron un impacto tan sólido en el imaginario colectivo que hoy se mezclan con el recuerdo del libro, haciendo casi imposible, para muchos, diferenciarlos. La imagen de Boris Karloff como la criatura a la que Victor Frankenstein le da la vida caló tan profundo que no es imposible que alguien tenga otro rostro en su cabeza al pensar en el personaje. Sí, hubo cientos de adaptaciones, pero ninguna creó un cara tan inmortal.

De las muchas cosas que el cine decidió inventar a la hora de adaptar a Mary Shelley, las más notables son el laboratorio, incluido el momento de la creación del monstruo, y la novia de Frankenstein no como un proyecto trunco, sino como una realidad e incluso un personaje. Para el cine la espectacularidad y el romance son dos cosas difíciles de evitar. Muchos expertos dicen, además, que La novia de Frankenstein es la mejor de las películas inspiradas en Mary Shelley. A Elsa Lanchester le bastaron menos de cinco minutos en pantalla para convertirse en uno de los personajes más famosos de la historia del cine. Nunca regresó para una secuela, ni nada parecido. En 1985 el personaje apareció encarnado por Jennifer Beals en La prometida (The Bride, 1985). Recién ahora, en el año 2026, tenemos una novia de Frankenstein en un rol protagónico, tal vez el más importante que jamás tendrá en la historia del cine. La directora y guionista de ¡La novia! (The Bride) es Maggie Gyllenhall y la actriz elegida para encarnar a la novia es Jessie Buckley.

Es razonable decir que se trata de una remake de La novia de Frankenstein (1935) ya que el concepto es más del cine que de la novela. En el libro, el concepto de creación de una pareja es detenido por el propio Víctor Frankenstein antes de concretarlo. Pero a diferencia de aquella película, acá la novia no rechaza a la criatura ni tampoco aparece al final. La novia es la protagonista de la historia y, en otra conexión con el film de James Whale, la actriz que la interpreta también tiene otro papel, el de Mary Shelley, quién habla desde el más allá y nos presenta la historia, así como elige poseer a Ida, una joven prostituta que se enfrenta al jefe mafioso Lupino, en la ciudad de Chicago en 1936. Dicho enfrentamiento termina en que ella es asesinada por dos secuaces del gángster, pero la muerte no es el final para ella. El monstruo de Frankenstein, Frank (Christian Bale), con más de cien años de edad, busca tener una pareja. Por eso recurre a la Doctora Cornelia Euphronius (Annette Bening), una científica que ha trabajado en reanimación. La tecnología ha mejorado, claro, en cien años, y la película no nos ahorra un bello laboratorio art decó. Ida es desenterrada y traída nuevamente a la vida, pero Frank no le dice la verdad cuando descubre que ella tiene amnesia y no recuerda nada. Aunque el personaje de La novia no tiene un peinado como el de Elsa Lanchester, igual tiene un espectacular peinado y una mancha negra en su rostro producto de su reanimación. El resultado es un look espectacular que va a acompañar su estilo punk, provocador y desenfrenado. El show recién empieza y hay que abrocharse los cinturones.

¡La novia! es una película ingobernable. Podría haber sido una obra maestra pero ni su propia directora parece poder controlar su creación. Tal vez eso refuerza los temas de la historia, claro, pero también resiente algunos pasajes del largometraje. Aprovecha que transcurre en la década del treinta para desplegar todos los géneros de moda en aquellos años. El terror, la comedia, el musical, el cine de gángster y el naciente film noir. Una película hecha de partes de géneros, de cinefilia desatada sin sutileza alguna y con mucho atrevimiento para mezclar todo. La pareja protagónica se meterá, claro, en problemas, y se convertirán en una mezcla de Bonnie & Clyde, Gun Crazy y hasta Thelma & Louise. El ritmo loco de los films de los treinta pero casi un siglo después. Cuando la película pasa a Nueva York la ciudad parece Ciudad Gótica y las consecuencias de la fama de la Novia la convierte en un ídolo anarquista como el Guasón de la película del 2018. La protagonista, como ocurría con el cine de gángsters, vive fuera de la ley pero se vuelve popular porque delata la corrupción de un sistema putrefacto. Héroes y villanos, el monstruo y su novia huyen mientras el romance entre ambos crece. Sí, además de todo lo mencionado la película es una historia de amor. La soledad total de la criatura tiene en esta película una gran excepción. Otro punto interesante de ¡La novia!  Es el momento de decir que el personaje de Frank tiene un maquillaje que emula al que Frank Pierce le hizo a Boris Karloff para las películas de la Universal.

La cinefilia de la película, que ya mencionamos que no es tímida, sirve justamente para demostrar que estamos hechos de cine, de géneros, de lo que vemos en la pantalla. Toda la subtrama de Frank fascinado con su ídolo Ronnie Reed (Jake Gylenhall) es fundamental para entender la película y el gran número musical citando a El joven Frankenstein (1974) de Mel Brooks es uno de los grandes momentos cinematográficos en años. No es sólo cinefilia, es osadía, es desafío, es generosidad con los espectadores. La pareja que sigue el caso, el detective Jake Wiles (Peter Sarsgaard) y su asistente Myrna Malloy (Penélope Cruz) viene directamente del film noir, en todo, en nombres, en vestuario, en diálogos. Por eso hay muchas escenas que transcurren dentro de salas de cine e incluso en un autocine.

Además de todo esto, ¡La novia! es una película feminista, tanto por su protagonista, como por la doctora y su asistente y la detective que investiga el caso. Todos grandes personajes, además del discurso central del mafioso Lupino, asesino de mujeres, coleccionista de sus lenguas como metáfora de su silencio. No se necesita un mapa para entender, al menos en el presente, que el villano es una versión de Harvey Weinstein, el depredador sexual y violador que reinó en Hollywood durante años. La novia lo combate y pone en pie de guerra a las mujeres contra él. Sin la intención de ser sutil, la protagonista grita dos veces Me too, me too!, la frase de la campaña contra el acoso sexual y la cultura de la violación. Es forzado, como muchas cosas en la película, es un poco simple dentro de un largometraje complejo, pero así es la película, despareja, pero convencida. En esa y las demás escenas se percibe esa energía. Y para terminar de entender, el apellido Lupino que está en el centro de la trama es otra cita cinéfila más. Ida Lupino fue una actriz, guionista y productora, la segunda en formar parte de la Asociación de Directores en Hollywood (la primera fue Dorothy Arzner) y la única mujer directora a fines de la década del cuarenta y la década del cincuenta. La única.

¡La novia! como muchas grandes películas de la historia del cine, nos pone en el dilema de preferir entre la prolijidad tibia de un buen producto y el alboroto desparejo de una película llena de ideas. Por momentos brillante, por momentos infantil, a veces sofisticada, a veces muy obvia, todo eso al mismo tiempo es esta película. Pero a todo nivel se trata de una película única. Por momentos recuerda al demencial cine de Ken Russell, un cineasta al que siempre da gusto volver, pero incomprendido en su momento. Warner Bros le dio luz verde a esta locura y esa es la prueba de que todavía existe el cine, más allá de los algoritmos, los contenidos para llenar el streaming y el anuncio de que ya no existen las películas. Sí existen, y ¡La novia! es la prueba de ello.