Con motivo del centenario del estreno de La quimera del oro (The Gold Rush, Estados Unidos, 2025) de Charles Chaplin, la película ha regresado a las pantallas del mundo y es una oportunidad inmejorable de repasar, una vez más, este clásico. Lo que se conoce hoy es la versión casi idéntica a la original, pasando por alto las alteraciones que el propio Charles Chaplin le hizo años más tarde para el período sonoro. El director la consideraba su obra favorita y, sin embargo, en su perfeccionismo sinfín y su deseo de llegar a nuevos espectadores, alteró una película perfecta, mucho antes de las ediciones especiales y los cortes del director, hoy tan comunes. Algunos de esos cambios hoy parecen insólitos, pero los pasaremos por alto también, ya que está disponible la película original.
La historia transcurre en Klondike, durante La fiebre del oro del territorio de Yukón, junto a Alaska. Las impactantes imágenes iniciales muestran largas hileras de hombres subiendo por montañas nevadas, luchando contra la dureza del clima. Luego descubrimos a un personaje sin nombre, al que los títulos del film solo mencionan como “El buscador solitario”, pero que tiene la vestimenta del vagabundo que inconfundiblemente identifica a Charles Chaplin. El sombrero y el bastón, incluso, son parte del vestuario en medio de la nieve. La única diferencia será una manta corta sobre sus hombros, lo que lo hace todavía más gracioso. Cuando una terrible tormenta lo sorprende, buscará refugio en una cabaña donde vive un asesino prófugo, Black Larsen (Tom Murray) y al que se sumará otro hombre buscando refugio, el gigante Mac Kay (Mac Swain). Entre los tres transcurrirá la primera parte de la película, hasta que finalmente todos terminan saliendo de la cabaña, primero el criminal, luego los otros dos hombres.
La quimera del oro es famosa por varias escenas, curiosamente, las tres más famosas, están cada una en una tercio distinto de la película, lo cual confirma lo uniformemente memorable que es. El primer tercio ya mencionado, es particularmente inquietante aun siendo comedia. Un cartel anuncia, al inicio, que se trata de una “Comedia dramática” pero a veces se subestima lo difícil que es lograr esto cuando se trata de comedia slapstick. La muerte rodea a los personajes y cuando el hambre los acorrala, Chaplin pasa de la desesperación a la carcajada sin mediar palabra. Hay varios momentos fantásticos, pero todos recordarán la escena en la que se comen un zapato, cordones incluidos. Uno de los momentos más dramáticos y a la vez cómicos de la historia del cine.
Ya de regreso al pueblo, Chaplin conocerá a Georgia (Georgia Hale) una bailarina del cabaret del lugar, quien baila con él para darle celos a Jack (Malcolm Waite), el donjuán del lugar que tiene interés también en ella. Georgia ocupa el clásico lugar de la chica de la cuál Chaplin siempre se enamora en las películas. Pero la relación aquí es bastante ambigua, porque ella se burla de él junto a sus amigas varias veces antes de reconocer el valor que el pequeño hombre tiene. De este sector del film proviene la escena en la cual Chaplin invita a Georgia y sus amigas a pasar el año nuevo en una cabaña que le han prestado pero se queda dormido esperando la visita que nunca llegará. En su sueño hace la famosa danza con los tenedores pinchando dos panes como si fueran pequeños pies. Ese momento mágico, inolvidable, causó tanto furor en su momento que en algunas salas lo pasaban más de una vez en la misma proyección. Locuras del cine silente, por supuesto, pero indicador claro de lo que producía Charles Chaplin más allá de la grandeza de sus películas.
Y la cabaña al borde del precipicio, el clímax del film, es otro triunfo cinematográfico, desde lo dramático, lo cómico, pero también desde la técnica y la puesta en escena. Charles Chaplin fue un autor puro, en todos los sentidos del término, realizando películas parecidas y diferentes entre sí. Cada uno tendrá su favorita, pero La quimera del oro es una de las más perfectas. Todavía no tan preocupado por los problemas del capitalismo, acá se alegra de ser millonario, no está enemistado con esa idea, aún cuando lo más importante de todo siga siendo el amor. El drama humano no llega a convertirse en un alegato político explícito y la maestría incomparable para combinar los puntos más distantes entre el drama y la comedia alcanzan acá un punto muy alto, uno de los más precisos de todos los tiempos. Merecida su categoría de clásico, este largometraje no ha perdido nada en cien años y es muy posible que ya no lo pierda jamás. Tiene escenas disfrutadas por separado, pero el conjunto es aún más potente. Charles Chaplin fue uno de los primeros genios del cine y esta película lo confirma.

