Vidriera

La semilla del fruto sagrado

La semilla del fruto sagrado podría (Dane-ye anjir-e ma’abed, Alemania/Francia, Irán, 2024), escrita y dirigida por Mohammad Rasoulof, podría tomarse como un complemento histórico y cinematográfico de El círculo (Daeré, Irán/Italia, Suiza) escrita y dirigida por Jafar Panahi. Ambas resumen, con veinticinco años de diferencia, la situación de las mujeres en Irán bajo el poder de la dictadura teocrática y ambas muestran también las dificultades que tienen los cineastas que quieren decir la verdad sobre lo que pasa en ese país. Tanto Mohammad Rasoulof como Jafar Panahi han sufrido la cárcel y se han refugiado en el exilio. El caso del director de La semilla del fruto sagrado es mucho más reciente y es justamente por esta película que se fue de su país para evitar un nuevo encarcelamiento. La película se filmó en la clandestinidad y se la sacó del país luego de que su director se fuera. La libertad de los individuos, incluyendo los artistas, no existe en Irán. Los ojos del mundo del cine deberían estar puestos ahí, de hecho los cineastas iraníes en el exilio parecen ser los más preocupados y casi los únicos por este tema.


La semilla del fruto sagrado cuenta la historia de una familia, padre, madre y sus dos hijas. Las hijas ya son grandes y observan la creciente resistencia de las mujeres al régimen totalitario que gobierna Irán, particularmente hostil hacia las mujeres. La acción transcurre durante el período de protestas del 2022 y 2023, iniciado luego del asesinato Mahsa Amini, golpeada debido a un “hiyab inadecuado”. La madre es leal al régimen y a su marido, un abogado honesto que es ascendido a juez de investigación de la Corte revolucionaria. Su nombramiento, que significa un avance social importante, coincide con el arresto masivo. Sus superiores le piden que firme sentencias de muerte en minutos, sin analizar cada caso, entre otras cosas por el enorme número de acusados. Renuente en un comienzo, Iman termina aceptando su rol. Las cosas se complican cuando sus hijas y su esposa protegen a una manifestante herida. Más adelante, el propio Iman pierde el arma que le habían asignado. Creyendo que se la han robado las mujeres de su familia, todo el vínculo comienza a caerse a pedazos en paralelo al crecimiento de las protestas.  

La película, respaldada por imágenes reales de las protestas filmadas por ciudadanos comunes, va adquiriendo fuerza minuto a minuto y juega la carta de mezclar ficción con documental, pero siempre manteniendo un ojo en la construcción artística, incluso cuando esto implica situaciones de guión fuertes, es decir, armadas. El final recuerda a los westerns de Anthony Mann, donde el tortuoso enfrentamiento entre personas de una misma familia, se ve exteriorizado en un paisaje hostil, laberíntico, enrevesado, metáfora de la lucha amarga entre personas de la misma sangre. Veinticinco años pasaron entre El círculo y La semilla del fruto sagrado. Las imágenes reales de las mujeres quitándose el hiyab en el cierre son emocionantes a más no poder. Quizás pronto haya una película dentro de poco donde toda esta monstruosidad sea contada como algo del pasado. Tal vez estos grandes cineastas puedan entonces volver a su país a filmar en libertad, la misma que esperemos pronto tengan también las mujeres oprimidas que aparecen en esta película.