La última gran actuación (The Last Showgirl, Estados Unidos, 2024) es el tercer largometraje de Gia Coppola, directora independiente que forma parte de una de las familias cinematográficas de la historia del cine. Su abuelo, Francis Ford Coppola y su tía, Sofía Coppola, son grandes nombres conocidos por todos en el cine mundial. Aunque Gia todavía no ha alcanzado ese estatus, sí ha conseguido el mayor reconocimiento y repercusión de su carrera con esta película protagonizada por Pamela Anderson, Jamie Lee Curtis y Dave Bautista. También trabaja Jason Schwartzman, primo hermano de la directora, lo que confirma la fuerza de la familia Coppola y su presencia en el cine.
La protagonista es Shelly Gardner (Pamela Anderson) es una corista de 57 años que lleva tres décadas actuando en Le Razzle Dazzle, una revista clásica de estilo francés en el Strip de Las Vegas. Entre sus compañeras tiene amigas, mucho más jóvenes que ella, como Mary-Anne y Jodie, quienes ven a Shelly como una figura materna. Annette (Jamie Lee Curtis), otra amiga, actualmente camarera en el casino y mayor de Shelly, mantiene una estrecha relación con ella, a pesar de haber sido expulsada del espectáculo años atrás. Eddie (Dave Bautista), el director del show, les da la noticia de que sacarán de cartel el espectáculo en dos semanas debido a la disminución de las ventas de entradas. Será reemplazado por una compañía de circo neo burlesque más contemporánea que ya estaba en cartel en las noches más populares. Shelly se da cuenta de que su carrera llega a su fin y no tiene un plan alternativo. Su única familia, su hija, está distanciada de ella por heridas del pasado que no han sanado todavía.
Gia Coppola narra con todos los recursos genuinos pero también muy usados del cine independiente. Se acerca por momentos al documental para aportarle más realismo a las situaciones que vive la protagonista y juega la carta de los actores famosos en roles con mucho menos glamour. Como base puede servir, pero la película no va mucho más allá, no consigue darle una vuelta extra para transformarse en algo único o especial. Pamela Anderson respira autenticidad pero no en el papel, sino en su propia vida. Es decir que lo que se ve en pantalla es a una personalidad auténtica actuando de forma no tan creíble el papel de una corista. Es posible que ese sea el tono general de La última gran actuación: una auténtica y bienintencionada historia contada de forma tal que resulta aceptable pero nunca del todo real. No le estamos pidiendo realismo sino que sea verdadera. Uno o dos momentos muy básicos y obvios dañan el resultado, mientras que la cámara simplemente contemplando a Pamela Anderson en varias escenas vuelve a meternos en la historia. La fotogenia es algo real y la película lo confirma.

