Miss Carbón cuenta la historia de Carli (Lux Pascal) la primera mujer en convertirse en minera en la ciudad carbonífera de Río Turbio, en el extremo sur de la República Argentina. Desde el inicio queda claro que es una ciudad de pocos habitantes, donde todos se conocen y donde el clima condiciona la forma y el estilo de vida de cada uno de los que han decidido instalarse allí. Áspero y difícil, el paisaje tiene al mismo tiempo una enorme belleza. La película consigue hacernos entender la atracción por quedarse en ese mundo hostil pero capaz de generar una lealtad poco habitual. Vivir en esa ciudad no es para cualquiera, pero Carli no es cualquiera y de eso también trata la película, de una persona que sin estridencias pero sin cobardía, decide lo que quiere y va a buscarlo.
Carli es la primera mujer trans en convertirse en minera y la transición la hace al mismo tiempo que la aceptan como parte del equipo que trabaja en la mina. Tiene el conocimiento, el talento necesario para trabajar allí, así como también la pasión por lo que hace. Su familia es minera y a pesar del rechazo de su padre, ella desea seguir la tradición laboral, aunque no el mandato familiar de seguir siendo hombre. Más complejo aún, el problema no es su condición de trans sino el mito de que las mujeres traen mala suerte, con lo que, irónicamente, es aceptada como hombre pero rechazada como mujer para trabajar en la mina. El machismo no es exclusivo de los hombres, sino también de las mujeres. Carla está acostumbrada a la vida dura, como la familia de ¡Qué verde era mi valle! (1941) ella pertenece a ese mundo, es su vida. Es posible que lo que mejor la defina es justamente eso: el amor por esa profesión que es el corazón mismo de su ciudad.
Agustina Macri, con guión de Erika Halvorsen y Mara Pescio, sabe que historia tiene entre manos y por la forma en la cual la estructura queda claro que le importa más la persona que la militancia, aunque esta tenga que aparecer para obtener los derechos que la protagonista no tiene. La película escatima este costado y cuando lo muestra pierde algo de potencia. Pero es inevitable que ambos caminos se crucen en la medida que Carla pertenece a un grupo discriminado y con menos derechos. Pasado ese momento más estructurado, la película vuelve a ser la historia de una persona que quiere trabajar de algo que ama y que sabe hacer. Sus compañeros de trabajo lo saben y la entienden. Miss Carbón se ubica en ese espacio que muchos no quieren aceptar y es el de decir que Carla es una persona como cualquiera otra, con los mismos sueños, expectativas y dilemas. Es inevitable que se mezcle el contenido político, pero no es culpa de Carla, sino del contexto. La película no la endulza ni la idealiza, pero claramente se rinde a la admiración que provoca su convicción. En ese paisaje arrebatador y exigente, Carla se abre camino. No es sencillo pero vale la pena. Es emocionante el plano final cuando confirmamos lo que debíamos saber desde el inicio: nos alegra saber que existe gente que cree en lo que hace y cuyo triunfo no daña a nadie y a la vez inspira a otros.

