Playa de lobos (2025) es una coproducción entre España y Argentina, protagonizada por Daniel Rovira y Guillermo Francella. El guión y la dirección le corresponden a Javier Veiga y se trata de una de esas películas de suspenso e intriga llevada adelante casi totalmente por dos personajes. Un tour de force que podría compararse, salvando distancias y estilos, con The Sleuth (1972) de Joseph L. Mankiewicz y Deathtrap (1982) de Sidney Lumet. Pero los dos actores casi excluyentes en este caso y las vueltas de tuerca, evocan rápidamente esos títulos previos.
Manu (Dani Rovira) trabaja en un chiringuito en una playa en las islas Canarias, y Klaus (Guillermo Francella) es un turista que se niega a abandonar la última reposera del lugar cuando llega la hora de cerrar. Allí arrancan los juegos de palabras y las ambigüedades, pasando de momentos simpáticos a otros perturbadores. ¿Quién es realmente Claus y que es lo que quiere? Como si fuera un reloj de arena cinematográfico, cada escena tiene menos energía e interés que la anterior, y los pasos de comedia, muy sobrescritos, apenas si logran algo de naturalidad gracias a los actores. Pero desde el comienzo surgen dos problemas. El primero es que en la presentación del personaje de Francella, la persona que lo lleva en taxi le dice que odia a los turistas, que lo arruinan todo, y luego la película parece un comercial de visite las Islas Canarias. El segundo es que tenemos que creer que el personaje de Manu es tonto, y no hay ni una sola escena, del comienzo hasta el final, donde eso se perciba. El guión lo dice, la película no lo muestra.
Cuando llega a la mitad termina de anunciar lo que veníamos adivinando, y es que se trata de una reversión de Pacto siniestro (Strangers On a Train, 1951) de Alfred Hitchcock o bien de Tira mamá del tren (1988) de Danny DeVito o de la novela de Patricia Highsmith. Es decir un intercambio de crímenes. Puede que sea casualidad, porque si hubieran visto las películas habrían sabido divertirse más con la trama. O tal vez lo intentaron pero no lograron el objetivo. Luego la película tiene media docena de vueltas más, pero todo es barranca abajo fuerte, sin control. Las mejores escenas son las primeras, las peores son las últimas, la pendiente descendiente es perfecta, sólida y sin obstáculos.
Playa de lobos busca la ingeniosa idea de ser claustrofóbica en un espacio abierto -forzando bastante la lógica, pero lo tomamos- y escaparse del espacio cerrado asociado a la teatralidad. Pero todo interés desaparece al construir flashbacks y escenas musicales que suponen cierta gracia y originalidad. Cuando el guión esta mal, las apuestas suelen funcionar al revés, y todo lo malo que se sospecha se confirma en el final, donde una vez más, nos quieren explicar que el protagonista es estúpido, pero sin convencernos. Sin rigor, con diálogos imposibles, buscando en escenas agregadas una lógica que no obtiene, Playa de lobos falla sin remedio.

