Adiós, ídolo mío (Bye Bye Birdie, Estados Unidos, 1963) del veterano director y experto en musicales George Sidney fue el primer trabajo cinematográfico para Dick Van Dyke así como también el primer rol protagónico de Ann-Margret. Es un clásico de los musicales estudiantiles y marca con bastante claridad la manera en la que Hollywood intentaba adaptarse para las nuevas generaciones. La película se inspira en los ídolos musicales juveniles de aquellos años y la fiebre que provocaban en el público adolescente, generalmente femenino. Puntualmente habla de cuando uno de esos ídolos del rock Conrad Birdie (Jesse Pearson) es convocado por el ejército para enlistarse. Inicialmente la película se iba a basar en el caso de Elvis Presley, pero diferentes problemas hicieron que los realizadores desistieran de la idea. Si bien hay muchas cosas que claramente se conectan con él, la inspiración central fue Conrad Twetty. A su vez, la película se basa en un exitoso musical de Broadway estrenado tres años antes.
Una adolescente de Columbus, Ohio, Kim MacAfee (Ann-Margret) enamorada de la estrella de rock Conrad Birdie (Jesse Pearson) gana un concurso para besar a la estrella en el programa de Ed Sullivan -interpretado por él mismo- antes de que este se vaya al ejército. Esto provoca un revuelo familiar y el enojo y sufrimiento de su joven y flamante novio oficial Hugo Peabody (Bobby Rydell). Por su parte, el personaje de Van Dyke es Albert Peterson, un compositor fracasado que planea con su secretaria y su sufrida novia Rosie DeLeon (Janet Leigh en modo latino) que Conrad cante una canción que Albert escribirá. Pero el verdadero sueño de Peterson tiene más que ver con su doctorado en bioquímica, que con la música. Ha postergado su vocación y su matrimonio por la presencia permanente y la presión de su madre (Maureen Stapleton).
Dick Van Dyke, estrella de la televisión, protagonizó la obra de Broadway, pero se dio cuenta de que todo el largometraje era un vehículo para lanzar a la joven estrella femenina Anne-Margret, convertida instantáneamente en sex symbol y a punto de elevar su carrera al siguiente nivel. Esto hizo que Van Dyke perdiera interés por la película y a pesar de tener varios números propios, su rol terminó siendo más que pequeño que la obra de Broadway. Esta gran comedia musical es una mezcla entre lo clásico y conservador y la euforia moderna que intenta meterse en todo. Hay un deseo de modernidad que no sabe cómo terminar de hacerse espacio, pero igual se ve juvenil por muchos momentos. También se ve una explosión sexual que marca el final de la era de la censura en el cine norteamericano. Su éxito es merecido. A todo color y con una euforia que Ann-Margret transmite a la perfección, se nota la fuerza de una generación que intenta apoderarse del cine mientras los viejos dueños buscan como aprovecharla sin perder el control. Algunos gags, cómo el homenaje a Lo que el viento se llevó, son memorables.

