Peliculas

Poseída por el desierto

Cada vez que aparece un western, algo nada raro en la última década, el interés es automático. Pero en la mayoría de los casos se trata más de una exploración de las limitaciones del cine actual para entender el género que de otra cosa. No estamos como en el resurgimiento de los noventa, con grandes películas, sino de muchos cineastas independientes descubriendo un espacio ideal para hablar del mundo. Tal vez no tengan mucho para decir y Poseída por el desierto (Killing Faith, Estados Unidos, 2025) es una prueba más de ello.  

Ned Crowley mezcla terror y revisionismo histórico —esclavitud, curanderismo, una niña maldita, un médico viudo— con un tono sórdido y brutal que no deja de subir la apuesta en cada escena. No quiere ser un western de género puro, quiere ser algo más. Pero la mezcla de tonos no encuentra nunca un centro de gravedad. Los personajes son extraños de una manera moderna, parecida a los policiales independientes más que a los westerns. Se le nota el presente aunque transcurra en el siglo XIX.

Este no es un western post-revisionista, es un western post-Tarantino, cercano incluso al cómic en su gusto por la estilización violenta y el personaje excéntrico como atractivo central. Las aspiraciones metafísicas de la trama —la posesión, la maldición, la pregunta por el mal— chocan de frente contra la arbitrariedad de su propia trama, que decide cosas porque las necesita, no porque las haya construido. La resolución final es más pretenciosa que profunda, y ese desequilibrio termina pesando sobre el resultado total. Aunque siempre resulte atractivo ver como cualquier cineasta de cualquier país, de cualquier época y de cualquier estilo hace un western, también da un poco de fastidio cada oportunidad desperdiciada.

El último plano es el signo más claro de ese problema: una cita directa a Más corazón que odio (The Searchers, 1956) de John Ford mal resuelta, que en vez de honrar su referencia solo recuerda por contraste hasta qué punto el western es un género más grande que la vida. Y por eso mismo, hasta qué punto necesita cineastas a la altura de esa grandeza para sostenerlo. Crowley se ha puesto un traje que le queda grande y sin saberlo lo termina de admitir en el cierre.