Una luz en la ventana (Argentina, 1942) de Manuel Romero es considerada la primera película de terror de la historia del cine argentino. Como tal, no podía estar ausente en ella el gran Narciso Ibáñez Menta, una pieza clave para la eficacia de este largometraje de género. En 1942 Hollywood ya había desarrollado una década espectacular de cine de terror a partir de los clásicos creados por Universal. No eran las primeras películas horror, pero sí las más influyentes. Narciso Ibáñez Menta es heredero de esos films, así como también del legendario Lon Chaney, estrella del período silente, apodado “El hombre de las mil caras”. Por su parte, Manuel Romero, aquí también guionista, ha sabido tomar nota de lo que hacía en Hollywood en esos años. Así como Una rubia del camino (1938) había tomado mucho de Lo que sucedió aquella noche (1934), Una luz en la ventana tiene parte de su inspiración en El caserón de las sombras (The Old Dark House, 1932) de James Whale, un clásico de culto de la Universal.
Angélica (Irma Córdoba) es una enfermera contratada para atender a una anciana paralítica (María Esther Buschiazzo). Al llegar a la estación de tren en una noche de tormenta, le dicen que nadie la llevará al caserón “Las Tunas”, donde vive la mujer. Intrigada, pero decidida a ir de todas formas, termina siendo trasladada por dos desconocidos amables: Mario (Juan Carlos Thorry) y su chofer Juan (Severo Fernández). Al llegar, todo en el lugar resulta particularmente lúgubre y sospechoso. Se adivina un secreto terrible que pronto saldrá a la luz: quieren a la enfermera para practicar un procedimiento experimental, llevado adelante de forma clandestina en la propia casa. El Dr. Herman (Narciso Ibáñez Menta), un médico recluido que sufre de acromegalia extrema, es quien ha urdido el plan. Oculto en las sombras por su horrible aspecto, tiene la esperanza de mejorar gracias a la intervención que realizará su colega, el Dr. Roberts (Nicolás Fregues). El plan consiste en un trasplante de la glándula pituitaria. Herman cree que, al implantarse la glándula de una persona joven y sana, logrará revertir su deformidad y curarse. Sin embargo, la extracción de ese órgano implicaría la degradación gradual y la muerte de la víctima elegida: Angélica.
Manuel Romero filmaba rápido y esto muchas veces afectaba la calidad de ciertas resoluciones. Pero aún con esta salvedad la película está llena de grandes momentos y dos cosas la destacaban, además de ser pionera en el cine de terror argentino. Por un lado, la actuación y el maquillaje de Narciso Ibáñez Menta, dos creaciones propias que son el corazón del terror dentro de la película. Y la otra es la desenfadada apuesta al humor, llevada adelante por Severo Fernández, uno de los tres personajes centrales de la trama. Es efectivo, es desatado, se parece a la comedia que estaba apoderándose del género en Universal con Abbott y Costello, pero a la vez tiene identidad local. Incluso se atreven a hacer un chiste mencionando lo mal que le hacen a la gente las pelìculas de Boris Karloff. El héroe interpretado por Thorry hace poco y nada en la trama, por lo cuál Angélica, el cómico Juan y el trágico villano Dr. Herman son los artífices de la trama. Hay algo de la bella y le bestia en esta historia de terror y comedia muy sencilla pero completamente efectiva. Un verdadero clásico del terror argentino.

