Al final de la escalera (The Changeling, Canadá, 1980) es un clásico del cine de terror cuyo prestigio se ha mantenido intacto a lo largo de las décadas. Una historia de fantasmas que produce hoy el mismo impacto que cuando se estrenó o se repitió una y otra vez en televisión. Su director, Peter Medak, falleció en octubre del 2026, y esa es la excusa para volver a verla y confirmar todas las virtudes que uno recordaba. Su protagonista, George C. Scott, uno de los más respetados actores de aquellos años, le pone la intensidad y la garra necesarias para hacer creíble el relato, además de su probado talento.
El título original de la película, The Changeling, anticipa la trama y le agrega un significado extra a toda la historia. El origen de la palabra remite a 1550 y se refiere a “una persona -un niño muchas veces- dejada en el lugar de otra que fue robada o llevada en secreto”. Aunque hay variaciones en diferentes mitos y leyendas, hoy el término refiere a ese sustituto, no por nada la película de Clint Eastwood, The Changeling (2008) se llamó en Argentina El sustituto. En la impactante escena inicial, John Russell (George C. Scott), un destacado compositor y profesor de música, pierde a su mujer y su hija en un trágico accidente. Mientras trata de recuperarse del trauma, abandona su residencia y acepta un puesto académico en Seattle. Allí alquila una vieja mansión propiedad de una fundación, que ha permanecido desocupada durante muchos años. Russell usará esa casa para vivir, pero también como espacio de práctica profesional con sus alumnos.
La llegada de Russell a la mansión desocupada iniciará una serie de eventos que poco a poco irán creciendo. Una presencia que intenta comunicarse con él. Russell, todavía atormentado por su duelo, cree que hay explicaciones para lo que ocurre, pero ciertos eventos, en particular una pelota perteneciente a su hija cayendo por la escalera, le hará entender que realmente hay un fantasma en la mansión. ¿Pero el fantasma de quién o con qué intención? La ambigüedad inicial de no saber si es su hija o no, es posible que justifique que Russell no abandone la casa al instante, pero cada nuevo paso que da termina de armar la verdadera historia detrás de esas paredes y el horrendo crimen cometido en los pisos superiores.
Al final de la escalera es una auténtica historia de fantasmas. Del misterio se pasa al terror y del terror a la melancolía de conocer el origen de esa presencia y los motivos por los cuales se comunica de forma cada vez más virulenta. Un gran recurso de la película es el trauma inicial del protagonista, lo que le da una sensibilidad especial y también un motivo para encontrar las razones detrás del fantasma que habita la casa. La imposibilidad de cambiar el pasado en el cuál perdió a su hija encuentra un cierto alivio en escuchar el reclamo de otro niño y su espantosa muerte. El único descendiente de la familia que habitó la casa a comienzos del siglo XX es el senador Joseph Carmichael (Melvyn Douglas), uno de los mecenas de la sociedad histórica poseedora de la mansión donde vive ahora Russell. La conexión entre esta poderosa personalidad y el fantasma es algo que se irá revelando poco a poco.
Al final de la escalera tuvo un recibimiento tímido en su estreno, pero se ha vuelto un auténtico clásico del género, incluso uno de los más valorados. Su influencia sobre el cine de terror posterior es enorme. Hoy, cuando hablamos de una película de terror sin tantos efectos visuales ni saltos efectistas, nos referimos a las películas con el estilo que Peter Medak le imprime a esta historia. La puesta en escena expone la presencia sobrenatural y la mirada que observa al protagonista desde su llegada a la casa. Y la mencionada escena de la pelota está entre lo más recordado de toda la historia del género. No es solo una escena, claro, sino la siguiente, la que se produce cuando Russell tira la pelota desde un puente lejano a la casa y esta aparece de nuevo cayendo por la mencionada escalera. No se trata de lógica o verosimilitud, sino de transmitir el terror de forma visual, sin palabra alguna. Peter Medak nos regaló, dentro de su prolífica carrera en cine y televisión, esta obra maestra del género.

