Julie Darling es una película de 1982 que podría haber pasado sin pena ni gloria por las salas de cine y de hecho lo hizo en muchos lugares donde se estrenó. Pero en Argentina su destino fue muy distinto debido a que el distribuidor local de la película decidió, con astucia, osadía y caradurismo, cambiarle el nombre y estrenarla como Déjala morir adentro. El resto, amigos, es historia. Déjala morir adentro (Julie Darling, Canadá/Alemania, 1982) escrita y dirigida por Paul Nicholas, protagonizada por Anthony Franciosa, Isabelle Mejias y Sybil Danning es un hito dentro de la historia del marketing cinematográfico nacional.
¿Cómo es que se eligió ese título y quién fue el responsable? Para los argentinos, ese nombre es conocido: Claudio María Domínguez. Antes de ser distribuidor, Domínguez se había vuelto famoso siendo aún niño por su participación en el programa de preguntas y respuestas Odol Pregunta, conducido por Cacho Fontana. Allí Domínguez brilló contestando sobre mitología griega y romana y se convirtió en un furor que batió récords de rating. Siguió trabajando en televisión pero en la década del ochenta se lanzó como distribuidor cinematográfico. Ya había tenido experiencia entrevistando a celebridades y UA lo había contratado para promocionar películas. Cuando tuvo su propia empresa para distribuir largometrajes hizo historia. Hoy lo vemos como ese personaje polémico vinculado con la cultura New Age, un líder espiritual mediático, una reinvención de su personaje que le generó décadas de éxito y situaciones muy complicadas también, pero el cinéfilo no puede olvidar sus años de distribuidor.
Domínguez hizo lo que muchos distribuidores hacían en aquellos años, engañar a los espectadores. O mejor dicho, lo que hacen todos los que hacen cine desde siempre. Citando a Alfred Hitchcock: “El cine es el arte de llenar una sala vacía”. Claudio María Dominguez formó parte de esa generación loca, timbera, arriesgada y también chanta que vendía gato por liebre mucho antes de que los espectadores pudieran contar con información de primera mano para evitar ser engañados. Varias veces puso títulos insólitos, pero Déjala morir adentro se llevó todos los premios. Antes de pasar al caso en cuestión recordemos que también estrenó ¿Me la saca doctor? (Compromising Positions, 1985) y El péndex está de la nuca (Morgan Stewart’s coming Home, 1987). Pero al mismo tiempo apostó a películas de prestigio, siendo el caso más exitoso La ley de la calle (Rumble Fish, 1983) de Francis Ford Coppola, una película de culto que se convirtió en tal gracias al estreno que le hizo en Argentina Claudio María Domínguez. El propio Coppola le agradeció cuando la película logró dos años en cartel, con un público fiel que nunca la abandonó.
Déjala morir adentro es un caso de marketing legendario. Julie Darling remite a la adolescente del título, pero el título Argentino no tiene conexión real con lo que aparece en pantalla. Domínguez decía que era una metáfora sobre varias cosas que pasan en la película, incluyendo las fantasías incestuosas de la protagonista con su padre. “Déjala morir adentro” refería a eso, a guardar dentro de su mente esos pensamientos oscuros, entre otras interpretaciones que él inventó para que el Ente de Calificación no le prohibiera utilizar ese título. Déjala morir adentro es un título perfecto. ¡No significa nada, pero parece insinuarlo todo! Esa elección fue solo el comienzo, el descontrol surgió cuando llegó el momento de promocionarla. Una vez ganada la batalla para que se estrene, había que hacer afiches y publicitar en medios. El título no fue aceptado en varios diarios, lo que no tenía una explicación real, y sólo figuró “Dejala morir”. En otros se puso el título completo, pero no se permitieron poner imágenes de la película, algo que suena todavía más raro. Así fue como surgieron los afiches. Uno era el principal, que en letras enormes decía el título, otros tenían el texto: “El director de Cadenas calientes presenta a Anthony Franciosa y Sybil Danning en un policial erótico impresionante.” Un gigantesco aviso en Corrientes y Callao provocaba, según cuentan, pequeños choques entre los autos que se distraían con el título. Yo recuerdo el afiche pero no los choques. Pero había otro póster más que agregaba una información prometedora y ambigua: “El policial erótico que escandalizó al país. El día 10/12/85 La comisión calificadora aprobó por unanimidad y sin ningún corte el film más impresionante de la década.” En ese mismo afiche aparecía dos veces en letras gigantes el título de la película. Por supuesto, arrasó en la taquilla de la misma forma que arrasó al año siguiente en el alquiler de VHS cuando fue editada en formato hogareño.
Lo único que se interponía entre este chispazo que hizo explotar el interés de los espectadores y la realidad era la película. Si bien Déjala morir adentro tiene elementos fuertes y polémicos, está muy lejos de ser algo tan impresionante. La protagonista, Julie (Isabelle Mejias) es una adolescente de dieciséis años que tiene como mascota a una enorme serpiente y sus problemas de conducta la llevan a una pelea permanente con su madre. Su padre, Harold (Anthony Franciosa), sin embargo, la consiente en todo. Julie está enamorada de su padre y lo quiere solo para ella. En el momento de mayor conflicto entre ambas, un repartidor del supermercado ataca sexualmente a la madre y Julie, que es testigo secreto de este ataque, no interviene. Accidentalmente el repartidor asesina a la madre en el ataque. La no intervención de Julie permite que ese acto se concrete. Ahora tiene a su padre para ella sola. Lo que no sabe es que su padre tenía una amante desde hacía tiempo, Susan (Sybil Danning) y al tiempo de enviudar él la trae a la casa junto a su pequeño hijo para formar juntos una familia. A Julie esto no le gusta y empieza a maquinar un complejo plan para deshacerse de ella.
Déjala morir adentro tiene contenido sexual y un par de escenas de desnudos, una de las cuales es particularmente gratuita y sin sentido. Pero su crudeza está mayormente en cuando Julie espía a Harold y Susan teniendo sexo y de pronto se imagina a ella teniendo sexo con su padre, algo que aparece en imagen. Más que erótico, es perturbador. Luego hay un ataque con botella rota a los genitales del repartidor y también está la escena de la violación seguida de asesinato. Pero la película no representa el plato más fuerte del mundo del destape argentino de la década del ochenta. Es un policial con tintes de terror y suspenso que se divierte con varias buenas vueltas de tuerca y que nunca busca ser algo más que un show efectista. Lejos está de ser una película memorable, pero los tres protagonistas le dan calidad a las situaciones más absurdas. El resto del elenco ya es clase B.
Algunos elementos originales, cierta osadía, un poco de sangre y sobresaltos, pero nada más. Esta producción entre Canadá y Alemania tiene algo de los thrillers europeos de la década del setenta, tanto en la manera en la que está filmada así como la historia que cuenta. Su director, Paul Nicholas, ya había estrenado para 1985 Cadenas calientes (Chained Heat, 1983) una película sobre cárcel de mujeres con Linda Blair y Sybil Danning. Si bien el más prestigioso y conocido de los actores de Déjala morir adentro es Anthony Franciosa, Danning ya se estaba construyendo su carrera como sex symbol cinematográfico y eso se explota muy bien en esta película. A pesar de ser una película pequeña destinada al olvido, gracias a la distribución en Argentina terminó transformándose en un título que aún hoy resuena entre los espectadores, incluso aquellos que no han visto ni piensan ver jamás Déjala morir adentro. A veces alcanza con un título.

