Peliculas

DESPUÉS DEL CASAMIENTO

De: Susanne Bier

LA VIDA DE LOS OTROS

El cine de los otros

Las sociedades suelen a veces presentar actitudes curiosas en cuanto a la forma en que elijen pensarse y representarse. El cine es una de las artes que mejor da cuenta de la mirada que una sociedad determinada en una época determinada puede darse a sí misma (y a los demás), aún cuando muchas veces esa representación esté atravesada por cierto espíritu crítico o intencionalmente adoctrinador, ya que no deja –por ello– de ser una percepción hecha desde sus propias entrañas.
Los tiempos que corren ofrecen, a propósito de esas formas de representación, algunas curiosidades interesantes para ser pensadas, dado que revelan en su trama las tensiones que se suscitan entre aquello que se deja ver y mostrar, y aquello que permanece oculto o latente y que puja por salir a la superficie a través de otras vías menos explícitas. Así es como de repente podemos observar dos cinematografías bien diferenciadas, como la argentina y la danesa, y descubrir que ambas funcionan de manera sintomática respecto de las sociedades que las producen y a las que asimismo representan.
El cine argentino de los últimos años ha construido, en gran medida, un corpus de films –bien celebrados por la crítica y agasajados en los festivales– en el cual esa característica tan propia de nuestra idiosincrasia de exponer todas las tribulaciones que nos afectan casi sin filtro o mediación alguna ha sido abandonada en pos de un cine que apenas si esboza algunos mínimos lineamientos narrativos, y que, a su vez, despoja a éstos de cualquier connotación afectiva que implique dotar al relato de alguna curva de dramatismo. En esa apoteosis de la depuración del lenguaje no hay espacio para explorar los sentimientos ni para sondear el terreno de las pasiones. Este ejercicio artístico tan en boga entre nuestros directores no acierta, sin embargo, a relacionarse con los espectadores, quienes lejos de querer asistir a estas experimentaciones casi onanistas en las que el placer está sólo destinado a quien lo practica, parecen estar a la espera de que alguien se decida a contarles una buena historia en la cual reconocerse, ya sea porque la misma funcione como espejo de sus deseos o porque lo haga como un catalizador de sus frustraciones.
El cine danés, en cambio, realiza el mismo proceso sintomático, pero en sentido inverso. De esta forma, de una sociedad con claras muestras de reticencia a exhibir sus virtudes o miserias privadas, ha surgido una cinematografía bien dispuesta a explorarlas trasvasando incluso los límites del ámbito más íntimo y personal de los personajes que sus ficciones construyen. Así resulta que entonces Dinamarca ha producido en los últimos años una serie de películas pasionales, viscerales, intimistas, con interesantes y exhaustivos despliegues dramáticos, y con una vehemente intensión de conectar y comprometer al espectador con los dilemas que plantean sus historias, y no dejarlo librado a la suerte de una serie de planos y personajes abúlicos.
En el año ‘95, y haciendo honor a su origen etimológico (Denmark: la marca de los daneses), un grupo de realizadores del país nórdico fundó un movimiento, llamado Dogma ‘95, cuya convocatoria a impulsar una especie de reinvención de las formas de producir cine se convirtió en un impulso que dejó una “marca” en la historia del cine mundial. A través del enunciado de un manifiesto, cuyas normas delimitaban unas  condiciones para filmar muy estrictas, se buscó reivindicar una vuelta a un tipo de realismo que se despojara de tecnicismos para hacer foco en la evolución dramática de las historias. La celebración (1998), Los idiotas (1998) y Mifune (1999) son algunos de los films más reconocidos de esa suerte de nueva ola que, en definitiva, no fue más que una nueva manera que la sociedad danesa encontró para mirarse a sí misma.
Después del casamiento no se enrola precisamente en dichas directivas, aunque abreva de las aguas más cristalinas de sus vertientes.

Mi vida sin mí

“¿Tengo que vivir del otro lado del mundo para que me quieras ayudar?”, le dice Jorgen a Jacob en uno de los momentos más álgidos de la película. Frase que resume buena parte del planteo del film. Es que Después del casamiento es una película que sondea en el universo de  los sentimientos para exhibirlos en su desnudez, para tensarlos, anudarlos y poner en evidencia las dicotomías que se esconden detrás de los mismos y que, como dos animales agazapados, esperan al acecho.
Jacob es el típico habitante oriundo del primer mundo que busca encontrarle un sentido a su vida  entregándose a mejorar y humanizar los desmanes en que el tercer mundo convierte las vidas de los propios. A cargo de un hogar que da cobijo a un importante número de niños abandonados en las afueras de la ciudad de Bombay, Jacob lucha por conseguir que manos solidarias del lado occidental aporten recursos para mejorar las condiciones de atención de su orfanato. Pero la ayuda que un millonario empresario danés le ofrece está sujeta al cumplimiento de un requisito determinante para hacerla efectiva, y cuyas consecuencias para la vida de Jacob serán impredecibles e irrevocables. Puesto ante un dilema que hubiera preferido evitar, Jacob decide viajar a Dinamarca en busca de la posible donación. Una vez allí, y luego de conocer a Jorgen, su mecenas, se ve comprometido a asistir al casamiento de la joven hija de éste. Y será precisamente en dicha “celebración” en donde comenzarán a destejerse los hilos de una historia de verdades ocultas y mentiras expuestas que tendrán a Jacob como uno de sus involuntarios protagonistas.
La película hace desde el inicio hasta el final un despliegue de aciertos digno de ser mencionado, pues, como dijimos antes, hemos perdido poco a poco la costumbre de encontrar en el cine contemporáneo independiente tantos elementos tan bien conjugados. Una dirección (a cargo de Susanne Bier) con gran vuelo estético, una puesta en escena minuciosa, unas actuaciones creíbles, realistas y plausibles, y un guión cuya progresión dramática responde a las más rigurosas normas narrativas, se ensamblan para dar vida a una obra que conmueve en forma genuina, aun cuando tensiona sus materiales de manera engañosa para sorprender a sus espectadores y someterlos a disyuntivas emocionales.
Es que en realidad lo que Después del casamiento intenta es mostrar las grietas del doble discurso, de esa doble moral que indefectiblemente habita en cada uno de nosotros, como los lados negativos y positivos de una “película”. Lo hace en forma cruda pero a la vez auténtica, por un lado al sugerir que el deseo y la posibilidad de solidarizarnos con el dolor ajeno están quizás en directa relación a la lejanía y ajeneidad del mismo, y que muchas veces en ese altruismo de ayudar al prójimo (mas no próximo) se encubre el más egoísta deseo de salvarse a uno mismo. Por el otro, desenmascara ese trayecto unidimensional que la vida burguesa parece recorrer para dejar entrever una corriente subterránea de conexiones solidarias, humanas y genuinas que también la atraviesan.

En la década del ’60, hubo en Dinamarca un escritor, Leif Pandero, que concibió varios dramas acerca de las vidas privadas de las familias danesas, algunos fueron en formato televisivo, y uno de ellos, Caníbales en el sótano, en formato radiofónico. El título de este último actúa como metáfora de la manera en que funcionan muchas estructuras familiares en las que se preservan las normas y las formas hacia fuera, pero se esconde –muy por debajo de la superficie, casi en el sótano– un paisaje de gran miseria y decrepitud, del cual parece que los daneses han decidido hacerse cargo, al menos al revelarlo como un síntoma herido de muerte por el golpe certero de un cuchillo contra el cristal de una copa, en el medio de alguna celebración.