Cine Clasico

El discreto encanto de la burguesía

De: Luis Buñuel

El discreto encanto de la burguesía forma parte del trío final de películas que dirigió Luis Buñuel. Producidas por Francia en dos de los casos y coproducida entre Francia y España en otro, son películas que lo encuentran a Buñuel en el punto más alto de prestigio y reconocimiento. A punto tal que El discreto encanto de la burguesía ganó el Oscar a Mejor película extranjera (presentada por Francia) y fue nominada también a Mejor guión original, entre muchos otros premios. En algún momento los expertos en Buñuel tuvieron menos cariño por estos films que por las joyas redescubiertas que Buñuel hizo en México, pero hoy en día se pueden valorar la totalidad de una obra incomparable sin preocuparse tanto por países o períodos.

Lo que sí es innegable es que, como ocurrió con muchos grandes maestros de la historia del cine, Buñuel encaró sus últimas películas cada vez con más libertad y sencillez. Sus historias fueron al corazón mismo de lo que era su cine y es espectacular ver como entre su ópera prima Un perro andaluz (1929) y El discreto encanto de la burguesía, Buñuel se ha mantenido coherente con sus obsesiones y su idea del cine. Claro que en el medio tuvo que aprender mucho para lograr que su cine de narración no lineal tuviera un sostén para un largometraje, no solo un corto. Pero hasta con el título Buñuel se mantuvo siendo Buñuel. No hay un perro andaluz en su primer film y nunca pensaron la palabra burguesía mientras rodaban su anteúltimo largometraje. Incluso la palabra discreto lo agregaron a último momento simplemente porque quedaba bien. Las cosas no tienen una explicación lógica. O tal vez –parafraseando a El proceso (1962) de Orson Welles- “la historia tiene la lógica de un sueño, de una pesadilla”. Pero en todo caso la pesadilla de El discreto encanto de la burguesía es más amable y menos revulsiva que la de Un perro andaluz.

Dijo Luis Buñuel sobre El discreto encanto de la burguesía: “La película no es una sátira de la burguesía, y mucho menos feroz. Creo que es la película que he hecho con un espíritu de humor más amable… No hay ningún mensaje… Los personajes de la película nunca pueden comer…No es simbólico, es que a mí me interesan las frustraciones…” Y aunque está permitido discutir a los directores sobre su obra, acá hay que decir que lo que se ve en la pantalla es una comedia. Y es incluso un poco más amable que la siguiente película de Buñuel, El fantasma de la libertad. La frustración es un tema en gran parte de su obra, incluyendo el período mexicano.

La historia de la película es muy sencilla. Don Rafael Acosta (Fernando Rey) embajador de Miranda, el matrimonio Thévenot (Paul Frankeur y Delphine Seyrig) y Florence (Bulle Ogier) la hermana de Madame Thévenot, están invitados a cenar en casa del matrimonio Sénechal (Stéphane Audran y Jean-Pierre Cassel). Pero se han confundido de día y Monsieur Sénechal ha salido rumbo a otra cita. Como alternativa, se proponen ir a un restaurante cercano, pero al llegar se dan cuenta de que el dueño del establecimiento ha muerto. A partir de este momento, las reuniones entre este selecto grupo se verán interrumpidas por una serie de eventos extraordinarios, algunos reales y otros producto de su imaginación. No será fácil discernir entre lo que ocurre en la realidad y aquello que es solo un sueño. A medida que avanza la trama esto se irá incrementando a punto tal que los sueños están dentro de otros sueños y no hay explicaciones ni guías para saber cuáles son los límites.

Hay momentos maravillosos, tan brillantes como graciosos. Es todo un placer ver una película hecha por un director veterano que narra con tanta libertad, y un elenco de actores que todo el tiempo interpreta a personajes serios en situaciones de absoluta comedia. No hay una línea narrativa ni una estructura clásica, cada escena vale tanto como la anterior en el orden total. Pura comedia por momentos, pero sin presentarse como tal. El anarquismo de Buñuel y su desconfianza por las instituciones no elige bando, ni toma posición. Se cuida de no ser malinterpretado y desliza en todas las direcciones sus comentarios ácidos. Pero una vez más, más que una sátira, El discreto encanto de la burguesía es una comedia surrealista.

Es su imprescindible autobiografía Luis Buñuel habla sobre los sueños y dice esto: “Si me dijeran: te quedan veinte años de vida, ¿qué te gustaría hacer durante las veinticuatro horas de cada uno de los días que vas a vivir?, yo respondería: dadme dos horas de vida activa y veinte horas de sueños, con la condición de qué luego pueda recordarlos; porque el sueño sólo existe por el recuerdo que lo acaricia.” Ese amor por los sueños lo llevó desde una punta a la otra de su obra. Hay tantas subtramas y paréntesis en esta película que no hay respiro posible para el espectador. Una forma narrativa que llegó a la perfección en El fantasma de la libertad. Un sueño permanente, matizado muchas veces por el acto de escribirlo y filmarlo, pero en muchos otros casos sin ninguna lógica o explicación, respetando el origen onírico de la escena. El genio de Luis Buñuel en toda su grandeza.