Peliculas

IRON MAN 2

De: Jon Favreu

HEROES OLVIDADOS

Desde el momento mismo de su nacimiento, el cine creyó en los héroes. Mejor dicho: creyó que era necesario recuperar la irradiación mítica de estas figuras en medio de una época en la que el proceso de secularización había querido –y en cierta forma, logrado, o al menos había convencido de ello- arrasar con todo aquello que de alguna u otra manera religara con lo trágico, sagrado y trascendente. Por tal motivo hizo de ella la figura central, reconfigurando arquetipos tradicionales y dando lugar a toda una nueva serie de arquetipos: el cowboy, el sheriff, el detective privado, el agente secreto, etc. Luego, el propio despliegue del cine llevó todo esto a diferentes instancias, alcanzando su mayor complejidad en aquellos personajes “comunes”, “cotidianos”, no tan caracterizados, pero cuya función seguía respondiendo –muchas veces de forma problemática- al sustrato mítico de la figura heroica.
Así, y con el fundamental aporte del mundo del cómic, aparecen los superhéroes, personajes cuya característica principal es la posesión de alguna cualidad extraordinaria, así como también alguna limitación (la fatalidad de Aquiles). Su excepcionalidad y espectacularidad llevan a una cuestión fundamental de estos personajes: ¿qué hacer con tal capacidad, con tal don? Podría decirse que algo parecido deberían preguntarse los artistas que deciden poner en escena, o volver relato, tales singularidades. ¿Qué contar a partir de la riquísima base de estos arquetipos?, a la vez que preguntarse para qué hacerlo. Algo que ejemplarmente viene haciendo Christopher Nolan con su Batman; o también -aunque de manera algo fallida- Peter Berg en Hancock.

En Iron Man 2, sus hacedores deciden desentenderse de tales cuestiones e ignorar todas las fuentes en las que abrevan los diferentes arquetipos de los héroes. Si, en definitiva, el centro de todo ser heroico es el cumplimiento de una función –civilizadora, de conservación, o restauradora- el olvido de tal función es, ni más ni menos, que el vaciamiento o la negación de los arquetipos, de un origen. Es una materialización extrema y nihilista, donde sólo queda en pie, y caricaturescamente, los contornos, la exterioridad de los sustratos míticos: una parodia. Y simétricamente a ese vaciamiento desaparecen también la épica y la aventura, terreno horizontal donde los héroes desarrollan su función a partir del uso de dones. Esta segunda entrega de la saga que tiene como protagonista a Robert Downey Jr. es un total desperdicio: de las potencialidades del personaje central en tanto posibilidad heroica, y de las herramientas del cine como medio de expresión poética. Así, esta película no es más que el festejo de la soberbia del hombre y su técnica, que ve a ésta como único bien y valor considerable y deja de lado así su capacidad fantástica, imaginativa, así como cualquier conciencia ética o moral. Los primeros minutos son por demás ejemplares en este sentido, y resumen el film todo. Tony Stark, el multimillonario dueño de la corporación más poderosa del mundo, metido dentro de su sofisticada armadura de Iron Man, se lanza desde un helicóptero, y luego de hacer unas piruetas en el aire, finalmente cae en medio de un escenario rodeado de miles de personas que lo festejan. ¿Qué es todo eso? Ni más ni menos que el lanzamiento de la Star Expo, en la que –sin que esté del todo claro, como nada lo está en esta película- se presentan y promocionan los productos tecnológicos y armamentistas más desarrollados y novedosos. Es una celebración de la técnica, único “valor” –insistimos- que parece existir dentro del universo del film. Un detalle más: las miles de personas que presencian esta exposición se rinden fascinadas tanto ante las capacidades de la armadura como al egocentrismo del propio Tony Stark, quien nunca pierde ocasión para desplegar su soberbia llena de tics y chistes cancheros (en este sentido no se podrá negar lo “acertado” de la decisión de elegir a Downey Jr. para tal papel).
Lo que esa secuencia inicial muestra no es más que un adelanto de todo lo que depara la película. Aparecen, claro, uno o dos contrincantes (uno de ellos personificado por Mickey Rourke, quien regala los pocos instantes de dignidad al relato), pero no alcanzarán en ningún momento el peso necesario como para sacar de ellos algún tipo de lectura. El centro en definitiva, es la figura de Stark-Downey Jr., con sus logros industriales y su cinismo.