Por el estreno de Scary Movie 6 (Scary Movie, Estados Unidos, 2026) me pareció una buena idea ver los cinco films anteriores. Lo mejor de semejante despropósito es dejar de pensar que el título inicial, estrenado en el año 2000, era mediocre pero aceptable, cosa que claramente no es. La despreciada Scary Movie 2 es para mí la más graciosa de todas y la que mejor se mantiene, a pesar de tener peores críticas y menos recaudación. Cuando los hermanos Wayans dejan la franquicia en la 3, 4 y 5, el desafío era averiguar qué tanto podían caer partiendo de un inicio tan horrible. La sorpresa fue que no hay límites para hacer películas pésimas y ahí brillará para siempre Scary Movie 5 (2013), un acto criminal, cinematográficamente hablando. Este regreso de los hermanos Wayans y casi todo el elenco original para la sexta parte es una verdadera tentación para los amantes de esta franquicia tan exitosa como mala.
A Scary Movie se le debe, de manera no oficial, la destrucción del concepto de parodia. Lejos del cine clásico con los maestros y de la grandeza de Mel Brooks, suplantada por los hermanos Zucker y Jim Abrahams en los ochenta, Scary Movie supuso la pauperización del concepto de lo paródico, volviéndolo caótico, efímero y sin sentido. En una película con mil chistes, unos cinco o seis pueden funcionar, pero los otros novecientos noventa y cuatro son agotadores en el balance. La sexta parte tiene algo de eso a la vez que, de manera no sutil, dice aprovecharse de los mismos trucos de las otras secuelas de los más variados géneros. ¿Si todo el mundo sale a robar, porque nosotros no podemos? No hay falla en su lógica, salvo que destruyen el cine.
En Scary Movie 6, en el original simplemente repiten el título del inicio, se juega con el conocido y muy contemporáneo concepto de reboot y secuela, sumándose todos los elementos nostálgicos para el fandom. Cindy Campbell (Anna Faris) y Brenda Meeks (Regina Hall) ausentes solo en la quinta película, regresan con sus personajes y lo mismo para Shorty Meeks (Marlon Wayans) y Ray Wilkins (Shawn Wayans), quienes solo habían participado de las dos primeras, donde también habían sido guionistas. La lista de los regresos y los cameos es tan grande e irrelevante que no vamos a enumerarla, pero la declarada una y otra vez apelación a la nostalgia demostró ser efectiva porque arrasó en la taquilla y una séptima parte es inevitable.
Toda la maestría de Wes Craven y su obra maestra Scream (1996) fueron el origen de esta franquicia parásita. Pero la ironía es que la película de Craven ya era parodia, además de ser una gran película de terror, por lo cuál ironizar sobre ella tuvo desde siempre limitaciones. Acá la promesa del regreso incluía burlarse de la cultura woke y el progresismo políticamente correcto del cine y la cultura de hoy. Por supuesto que hay algunos chistes obvios, pero la película arriesga cero y la mayoría de las bromas políticas son contra los anti woke, el partido republicano y el merecidamente odiado racismo en la sociedad. Pero riesgo no hay. También hay chistes sobre la cultura negra, como es habitual y con la autorización de estar creada por estrellas y guionistas afroamericanos. En ese aspecto algunos funcionan, la mayoría no. La película arranca con energía y suelta buenos chistes, pero es solo el primer tercio el que se sostiene a duras penas. Es una película corta pero demasiado larga y dos escenas post créditos alargan un poco más la agonía.
Como han pasado trece años desde la última película son muchos los títulos que se parodian, aunque insólitamente también incluyen a John Wick, un sinsentido más dentro del paquete. Un poco de humor contra los YouTubers se alarga demasiado hasta producir risas cero. El humor escatológico continúa y los chistes sexuales van de lo explícito a lo totalmente medido, aunque abundan. El festejo del consumo de drogas se mantiene intacto y resulta algo raro que al parodiar a las Guerreras K-Pop elijan sexualizarlas al extremo, siendo un largometraje enfocado al público más joven, incluso infantil. Hay algo rancio en esta vieja franquicia de la que difícilmente se pueda sacar algo aceptable en el futuro.

