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THE RATI HORROR SHOW

De: Enrique Piñeyro

CONTRA LA INJUSTICIA DE LA JUSTICIA

El 25 de enero de 2005, en pleno centro del barrio porteño de Pompeya, un delincuente que se encontraba escapando del personal policial de la comisaría 34, luego de haber cometido un par de robos, atropella a tres personas (dos mujeres y un niño), provocándoles la muerte. La fuga del delincuente termina pocos metros más adelante cuando su auto impacta con una camioneta. En ese momento los policías que lo venían persiguiendo –en dos autos- disparan sobre el auto del asaltante, que termina internado con ocho disparos en su cuerpo.
Así -palabras más, palabras menos- fue cómo habría sucedido la denominada Masacre de Pompeya según lo relatado por los medios de comunicación, que sin dudarlo, lo encuadraron temáticamente dentro de la “ola de inseguridad”.
Claro que este relato expuso, sin más, la versión oficial, la informada por la propia policía. A partir de esto, el (supuesto) delincuente en cuestión, Fernando Carrera, fue detenido y posteriormente condenado a treinta años de prisión.
Cinco años después, sirviéndose ejemplarmente del lenguaje audiovisual, sin necesariamente hacer cine, Enrique Piñeyro construye un alegato contundente, basado en la inteligencia y claridad con la que expone y explica las diferentes fallas, mentiras, contradicciones, manipulaciones y demás zonas oscuras de la causa, y con la valentía necesaria como para decir sin rodeos –y con pruebas- que tres jueces y un fiscal mienten. Con todo esto, el objetivo de Piñeyro es demostrar la inocencia de Carrera, víctima de la inoperancia y la violencia policial, así como también de la precariedad del sistema judicial y de la irresponsabilidad con la que los medios periodísticos construyen las noticias.
Debido a la naturaleza del proyecto, que persigue un objetivo claro y concreto, mantener en todo momento la atención del espectador sin aturdirlo se transforma en un aspecto de vital importancia, y eso es algo que El Rati Horror Show consigue en todo momento. En primer lugar porque su director posee un muy destacable sentido del ritmo y es un excelente narrador. Y por otro lado porque toda la tecnología disponible la utiliza tanto para conseguir claridad como también para llamar la atención de los sentidos del receptor. Los diferentes vericuetos del caso, así como sus refutaciones, son revelados con diferentes formas expresivas, que demuestran la preocupación con la que Piñeyro ha trabajado en pos de alcanzar su objetivo. El director no quiere dejar dudas en cuanto a la inocencia de Carrera y la culpabilidad del personal policial y el encubrimiento de la justicia, y para ellos se vale, además de las pruebas necesarias para respaldar su posición, de toda una serie de recursos expresivos que resultan didácticos y atractivos. Con esto, de paso, da un tremendo golpe a los medios de comunicación, cuyas producciones rara vez (por no decir nunca) son capaces de tomarse su trabajo con responsabilidad y creatividad. Y esto último no es algo menor o secundario, es muy importante, porque eso implica un esfuerzo y demuestra un compromiso total con el tema abordado. La creatividad, el trabajo y la preocupación por la forma de su particular documental, pone en evidencia la postura ética de su realizador.
El Rati Horror Show es una obra que inevitablemente deja al espectador pensando (y también temblando, hay que decirlo). Varias preguntas surgen luego de su visión, algunas planteados por el propio documental y otras que inevitablemente se desprenden de él de forma indirecta. Una, inevitable, es sobre la relación de la Justicia con la Policía Federal y el porqué del empeño de la primera en encubrir –según lo expuesto por Piñeyro- a la segunda. ¿Si la Justicia prefiere encubrir y proteger a la Policía Federal, lo hace simplemente por corporativismo o hay algo más, alguna conveniencia?. Sea cual fuera la respuesta, es claro que si hay una entidad que sale particularmente manchada de todo esto es, justamente, la Justicia argentina. Si, como tanto se remarca y valora hoy día, vivimos en un país democrático y republicano, la Justicia debería representar la última instancia, ser la guardiana de los derechos ciudadanos. Si se vive en una sociedad cuya idea es la de permanecer bajo una moral total y absolutamente liberal y republicana, la Justicia debería ser todo lo contrario a cómo se la ve en esta obra de Piñeyro, a quien se le podrá discutir algunas cosas (una, fundamental, es que pase por alto y deje tan de lado la muerte de las tres personas atropelladas por Carrera, más allá de que éste hubiera estado manejando en estado de inconciencia por un balazo recibido en la boca luego de la que la policía lo confundiera con un delincuente y le disparara sin siquiera dar la voz de alto), pero cuya ética ciudadana está fuera de discusión.