Una reliquia lakota aparece en el mercado negro de un pueblo de Dakota del Sur y desata la reacción en cadena de todos los que la rodean: una mesera que escribe canciones country y le teme al escenario, un veterano sin rumbo que arma frases copiando notas ajenas, un traficante de antigüedades, un criminal a sueldo, una mujer que huye de su pasado. El director construye con esas piezas un neo western revisionista que se mueve por las reglas de los policiales contemporáneos. Por momentos excéntrico, por momentos clásico, pero con varias sorpresas en el camino. Si se hubiera ambientado en el siglo XIX y no en el presente, hubiera funcionado igual.
El mencionado objeto de la disputa funciona como el clásico MacGuffin: importa menos por lo que vale que por lo que despierta en cada personaje que lo persigue. Ahí está el mayor acierto de la película. Los viejos conflictos del western se trasladan al presente sin que haga falta subrayarlo con un discurso. Hay algo de los hermanos Coen en la estructura coral, en el modo en que las líneas de varios personajes se cruzan por pura fatalidad y codicia. Pero el director Tony Tost no busca el humor cínico que suele acompañar ese esquema. Sus personajes son torpes, no ridículos, podrán estar perdidos pero no son objeto de burla. De su patetismo salen a fuerza de voluntad y buscando mantener alianzas y lealtades que surgen en el camino.
Tierra sin ley (Americana, Estados Unidos, 2023) no reinventa el western ni lo pretende. Es imperfecta en algunos aspectos, pero más que nada esto ocurre por su búsqueda de originalidad y su intrincada construcción de personajes. Funciona hasta la escena final y deja la sensación de conocer el género en su período revisionista. Sydney Sweeney y Paul Walter Hauser lideran un elenco que deja todo en su compromiso con la película y se nota.

