El arte cinematográfico tiene un aura particular que nos hace observar con admiración aquello que vemos en la pantalla. El espectáculo en gran escala nos invita a tomarnos en serio las reflexiones de los artistas que realizan las películas. Pero cuando aparece algo como Sacrificio: los elegidos (Sacrifice, Reino Unido, 2025) de Romain Gavras no queda otra opción más que reconocer que los artistas también dicen obviedades y que usan la compleja maquinaría del cine para hacer productos mediocres, lleno de pensamientos sin complejidad ni sofisticación, verdades de Perogrullo o directamente tonterías.
Está claro que Gavras, hijo del realizador Costa Gavras, busca realizar una sátira. Le gusta el humor y lo aplica para realizar su discurso político. La historia que elige es la de un evento benéfico repleto de estrellas que se convierte en un caos cuando irrumpe un grupo antisistema en busca de un artefacto místico relacionado con una antigua profecía. Hay un multimillonario (Vincent Cassel) que busca limpiar su imagen y a la vez seguir lucrando y hay una estrella de cine (Chris Evans) que ansía volver a ser el centro de atención. Todos los planes se rompen cuando irrumpe en escena un grupo radical liderado por la entusiasta Joan (Anya Taylor-Joy). Nadie se salva, todos son mostrados como hipócritas, canallas o imbéciles. Los conservadores y los progresistas, los millonarios y los militantes.
La producción es notoriamente grande para semejante despropósito. Hay algunos buenos momentos y la película adquiere cierto ritmo. Las vueltas de tuerca no mejoran la situación y el final, como era de esperarse, es decepcionante. No hay milagro posible cuando el comienzo es tan obvio. Hay muchas películas en este estilo y Sacrificio no es de las peores. Si se la compara con la prestigiosa El triángulo de la tristeza, una porquería absoluta sin nada para rescatar, la película suelta algunas ideas y sabe como crear momentos de tensión, aunque no alcancen.

