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GANARLE A DIOS

De: Hanna Krall

FRENTE A LOS OJOS DE UN DIOS DORMIDO

“¿Se podía llamar a aquello insurrección? Se trataba, pues,
de no esperar a que nos mataran cuando nos llegara el turno.
Se trataba sólo de elegir la manera de morir”.
Marek Edelman

“Quien salva una vida, salva al mundo entero”.
Recogido en la película La lista de Schindler, del Talmud
sobre la vida de Oskar Schindler (1908 – 1974).

3.000.000 de judíos en Polonia, 400.000 hacinados en un gueto en Varsovia, 300.000 conducidos en tren hacia la muerte en los campos de exterminio de Treblinka y Majdanek, 2 organizaciones de resistencia armada contra los nazis, 1 levantamiento, 7.000 muertos durante el ataque alemán, 6.000 quemados o asfixiados en los búnquers, 50.000 restantes enviados a morir bajo los efectos de la cámara de gas.
Estos son sólo algunos números. El resultado de varias de las deudas que un dios, por demás descuidado, ha contraído con la humanidad. Deudas por las cuales cabría acusarlo de insolvente por falta de pago, o al menos de no haber mostrado voluntad fehaciente de querer saldarlas. Pero los números sólo sirven para alimentar esa falsa realidad virtual que son las estadísticas. Las cifras no dicen más que lo que son, cifras (del árabe: sifr “vacío”, “cero”). No contienen el dolor, por el contrario, lo excluyen, incluso hasta lo menoscaban. Sin embargo, la historia generalmente construye su relato a partir de los números, como si los acontecimientos pudieran cosificarse en signos que luego se vuelcan en hojas de libros que luego terminan confinados en anaqueles de bibliotecas.

“La historia se inventa del otro lado de los muros, allí donde se escriben los informes, se transmiten al mundo los partes por radio…Pero, ¿quién está enterado de los sucedido con el muchacho al que hubo que enterrar vivo porque entraba óxido de carbono en el sótano”. Este comentario que Marek Edelman, el único superviviente de los cinco comandantes que llevaron a cabo el Levantamiento del gueto de Varsovia, le hace a la periodista y escritora polaca Hanna Krall y que ella reproduce en su libro Ganarle a Dios, expresa en forma más que elocuente esa carencia que prima en los libros de historia, en las enciclopedias, en los documentos, en las cifras. Krall es consciente de ello y por eso pone el oficio de su escritura al servicio de la voz de Edelman. Una voz que, en orden a serle fiel al horror de los acontecimientos de los que fue testigo, lacera los oídos al tiempo que los convoca a seguir oyendo. Edelman y Krall se internan en Ganarle a Dios en la práctica de un ejercicio indisciplinado, aleatorio, ese que muchas veces utiliza la memoria con el fin de ponerse en movimiento. Entonces, allí en donde los números no pueden expresar nada, se abre un espacio para la palabra.

Las ínfimas porciones de calorías permitidas para el consumo de los judíos y el consecuente contrabando de alimentos, la sádica entrega que hacían los alemanes de los “números de la vida” para que los mismos judíos eligieran quienes podían sobrevivir, las interminables colas diarias hacia el tren que los conducía a los campos, la enfermera que inyectó veneno a los niños en el hospital para que no sufrieran la muerte en la cámara de gas, las huidas por las alcantarillas, esa vital necesidad de pegarse a cualquier otro ser cuando ya no les quedaba casi nadie vivo. Edelman recuerda y, a la vez, indaga, a través de ese ejercicio brutal de nombrar lo siniestro, el interior del ser humano, sus miserias y sus virtudes, sus hazañas y sus cobardías. Su relato desordenado posee, sin embargo, una característica especial, está atravesado por dos miradas que se complementan: una, la del joven de tan sólo veinte años al que el destino lo puso de cara a la muerte con un arma inútil para defender su vida y la de miles de sus compatriotas; otra, la del adulto, de profesión médico cardiólogo, quien durante años ha luchado por mantener encendida la llama de la vida de sus pacientes, aunque en esta ocasión con mejores armas. Esa tensión entre el joven insurrecto y el cirujano avezado que libra a diario una batalla contra un dios dormido, se filtra en cada uno de los hechos narrados como si fuera un corazón que palpita. Edelman no pudo hacer nada por los cuatrocientos mil judíos que pasaron a su lado rumbo a la muerte, pero sí puede retrasar el juicio de los que se entregan a sus manos en una sala de quirófano. En Ganarle a Dios también están esos testimonios de vida como prueba del esfuerzo de un hombre cuyo corazón se agita mientras libra una ardua carrera contra Dios.

GANARLE A DIOS
Krall, Hanna
Editorial Edhasa
Buenos Aires, 2008
118 pag.